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En Texas, crece distancia ente vecinos por derecho a ciudadanía por nacimiento

The Washington Post | Domingo 19 Marzo 2017 | 14:10 hrs

The Washington Post |

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Valley View— Tamara Estes conduce en el norte texano un camión escolar en una ruta por una zona habitacional repleta de mexicanos indocumentados. Recoge casi a 100 hijos de ellos y los deja en escuelas públicas financiadas por contribuyentes estadounidenses. Por ella.

En la casa contigua a la suya vive una familia inmigrante. La pareja lleva 20 años trabajando de manera ilegal en Estados Unidos, pero sus cuatro hijos nacieron aquí, por lo que son ciudadanos estadounidenses –o, como Estes y el presidente Trump les dice “bebés ancla”.

La familia Nevárez siempre ha creído en la promesa de Estados Unidos, donde ha ahorrado lo suficiente para adquirir su propia vivienda y sus hijos van a buenas escuelas. Pero ahora que Trump está amenazando con deportar a millones −e inclusive cambiar las leyes que otorgan la ciudadanía a sus hijos− está llena de miedo.

Mientras tanto, Estes siente una nueva esperanza. Por años, ha sentido estar viviendo el sueño americano en reversa, pues su vida ha ido retrocediendo, en parte, cree ella, debido a que los inmigrantes ilegales ocupan todos los empleos buenos y aumentan sus impuestos. Ahora Estes piensa que su vida mejorará porque Trump está prometiendo “recuperar nuestro país”.

Eso es lo que los divide en los albores de la era Trump: para que el presidente cumpla la promesa hecha a millones de electores blancos de clase trabajadora como Estes, está amenazando a millones de inmigrantes de clase trabajadora como la familia que vive enseguida.

Estes tiene 59 años, es divorciada y gana 24 mil dólares anuales. Gana un poco más de lo necesario para calificar en la mayoría de los programas asistenciales gubernamentales pero muy poco para adquirir seguro médico.

Según su punto de vista, la vida es más fácil para los inmigrantes mexicanos ilegales que para los estadounidenses blancos de clase trabajadora que pagan impuestos. Conforme se ha dificultado su vida, Estes cree que la suerte de los “ilegales” ha ido mejorando, y que ella ha estado pagando por ello. Pocas cosas la irritan más que los “bebés anclas”, quienes tienen derecho a prestaciones gubernamentales, entre ellas Medicaid, escuelas públicas y asistencia alimentaria.

Estes se siente resentida por pagar esa red de seguridad cuando ella cree no tener ninguna.

“No puedo recuperar el nivel que tenía hace 20 años”, dice. “En parte es culpa mía. En parte no”.

Estados Unidos ha otorgado “ciudadanía por derecho de nacimiento” a los niños nacidos en su territorio, independientemente del estado legal de su padres, desde poco después de la Guerra Civil. En el 2014, el siete por ciento de todos los nacimientos a nivel federal –alrededor de 275 mil bebés− eran hijos de padres que se encontraban ilegalmente en Estados Unidos, de acuerdo con el apartidista Centro de Investigaciones Pew.

En Texas, en el 2015 los inmigrantes indocumentados constituyeron el 25 por ciento de todos los partos cubiertos por Medicaid –más de 54 mil recién nacidos− de acuerdo con la Comisión de Servicios Humanos y de Salud de Texas. El costo para los contribuyentes: 116 millones de dólares.

Los defensores de la ciudadanía por nacimiento consideran que integrar a los inmigrantes es parte de lo que hace excepcional a Estados Unidos y que denegar la ciudadanía a estos bebés crearía una enorme clase inferior de personas viviendo fuera de la ley. Los críticos aseguran que fomenta la inmigración ilegal y agota los recursos públicos.

Lo que está ocurriendo ahora no le parece justo al hijo mayor de los Nevárez, Rainier, de 15 años. Los estadounidenses contratan a los indocumentados para construir sus casas, pizcar sus cosechas, cortar su pasto, lavar sus trastes. Ellos aceptan los empleos difíciles de bajo sueldo que nadie más quiere. A cambio, les gustaría vivir sin miedo de ser deportados. Rainier cree que esta culpándose a familias como la suya de problemas que no crearon.

En cuatro años, los vecinos casi no se han hablado. Cierta vez, Nicolás Nevárez y varios otros inmigrantes mexicanos ayudaron a Estes a cavar la tumba  de uno de sus perros. A ella le parecieron amigables. Pero luego puso un cartel a favor de Trump en su jardín, y empezó a crecer la distancia con sus vecinos.

 


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