Revelan cómo militares asesinaron e incineraron a civiles en Ojinaga

Jorge Carrasco Araizaga
Proceso
2013-01-14

Distrito Federal— La tarde del 22 de junio de 2008, a casi tres meses de haber iniciado el Operativo Conjunto Chihuahua ordenado por Felipe Calderón, un pelotón de la Tercera Compañía de Infantería No Encuadrada (CINE) en Ojinaga, bajo el mando del mayor Alejandro Rodas Cobón, salió a patrullar al área de Mulatos, un rancho al oriente de esa ciudad.
El oficial se subió a una camioneta Lobo de cabina y media que había sido asegurada a narcotraficantes y sobrepintada de verde militar con el número 8013148, como si fuera un vehículo oficial. El conductor era el sargento segundo hojalatero automotriz Andrés Becerra Vargas. El mayor Rodas Cobón portaba su arma de cargo, una ametralladora MP-5, calibre 9 mm, y otra personal, calibre .40, plateada con negro.

Bautizaron ‘La Lobo del Mal’ pick up donde movían a víctimas

En una de las brechas hacia Mulatos, los militares vieron a un civil en una cuatrimoto. Vestía un amplio pantalón de mezclilla, playera blanca sin mangas y estaba rapado. El mayor mandó llamar a la patrulla urbana del Ejército para el municipio de Ojinaga, que comandaba el teniente de Infantería Gonzalo Arturo Huesca Isasi, quien iba en un vehículo Hummer al frente de un pelotón de fusileros.
De regreso a la CINE, en el camino de terracería entre Mulatos y Ojinaga, el grupo de militares se encontró de nuevo con Esaú Samaniego Rey, El Cholo o El Azteca. El mayor Rodas ordenó al sargento Becerra que detuviera la marcha. Le ordenó alumbrar al detenido con las luces de la camioneta.
“A este pendejo ya lo traigo en la lista”, le dijo Rodas Cobón a Becerra, en alusión a la base de datos sobre narcotraficantes que elaboraba como segundo comandante de la Tercera CINE, por lo que se le conocía también como Lince 1. El comandante de la compañía, José Julián Juárez Ramírez, Lince, estaba de vacaciones.
Rodas Cobón llamó a Verde (clave del teniente Huesca) y le ordenó levantar la playera al detenido, a quien le dieron la vuelta completa para que el mayor lo acabara de identificar. Lo ubicó como un “pinche azteca”, es decir, un integrante del grupo Los Aztecas, brazo armado del Cártel de los Carrillo Fuentes.
Rodas Cobón tomó su celular y llamó al cabo de Infantería Guillermo Arce García. “Espero que esté tu mujer contigo”, le dijo, y le ordenó al conductor que lo llevara al domicilio de ese elemento de tropa. Al llegar a la casa ubicada en calle 14 de la colonia Porfirio Ornelas, bajaron al detenido, que ya iba con los ojos vendados. La mujer del cabo lo identificó como quien había intentado secuestrar al hijo del matrimonio.
El mayor ordenó al teniente Huesca y a sus hombres que se llevaran al detenido a la CINE y lo “trabajara” para que dijera quién era su jefe, quién lo mandó a secuestrar al menor, quiénes iban con él y cuánto le iban a pagar. “De ser posible, mátalo”, le dijo el mayor al teniente, según el relato que hizo el sargento conductor a la justicia militar en la causa penal 1982/2009.
Huesca se llevó al detenido a una palapa que está detrás del comedor de esa instalación castrense. “Yo escuchaba los gritos del civil desde la camioneta, donde me quedé a dormir”, prosigue el sargento conductor. Cerca de las cuatro de la mañana, el sargento Alberto Alvarado Vázquez lo despertó para transmitirle la orden del mayor Rodas de que abasteciera bien de combustible la camioneta y pusiera de reserva dos contenedores con 60 litros: uno de gasolina y otro de diesel.
“Yo pregunté que para qué el diesel, si la camioneta usa gasolina. El sargento me contestó ‘ya valió madres; se nos pasó la mano con el pinche azteca’”. Becerra asegura que Rodas Cobón le ordenó salir con el teniente Huesca a hacer un trabajo. Puso la camioneta a un lado de la palapa y subieron “un bulto encobijado”. El teniente Huesca y el sargento Alvarado se subieron a la cabina y, en la parte de atrás, los cabos de Infantería Carmen Omar Ramírez Jiménez y Rufino Pablo Cruz, así como los soldados Azael Santiago Luna y uno identificado como El Tacuarín o Pareja.
Según el conductor, Huesca le ordenó tomar la carretera hacia Camargo. Después de más de una hora de recorrido, antes de llegar a la minera La Perla, le dijo que se metiera a una brecha del rancho El Trece. Tomaron el camino del rancho Los Berrendos, lo cruzaron y como a media hora más de camino llegaron a unas galeras de madera y lámina. Huesca le ordenó al Tacuarín que se subiera a un cerro con un radiotransmisor para que avisara si alguien se acercaba.
El resto de los que iban en la caja de la camioneta tiraron una palapa para hacer leña. Levantaron una pila como de un metro de altura. El soldado de Infantería Santiago Luna fue al vehículo por el diesel, mientras los dos cabos bajaban el cuerpo. Luego rociaron el cadáver y la madera con el combustible. El cabo Carmen Omar Ramírez fue por pasto seco, lo prendió con un encendedor y lo aventó al montón.
Pasaron entre cinco y seis horas para que se consumieran hasta los huesos del cadáver. Subieron las cenizas de la fogata a la camioneta y las fueron dispersando por el camino con palas. Luego, con un manojo de hierbas, limpiaron la caja. El grupo regresó a la CINE entre las 4 y las 5 de la tarde.

Tortura, muerte y fuego

Un mes después, el 25 de julio, el sargento conductor Becerra tomó el mismo camino hacia el rancho El Trece. Iban a hacer lo mismo con los restos de un joven que había sido detenido y torturado, junto a otras personas, a causa del asesinato del soldado de Intendencia Isauro Pérez López, apuñalado horas antes en un bar del centro de Ojinaga.
Esa madrugada, un grupo de la Tercera CINE al mando del teniente de Infantería Jesús Omar Castillo Martínez, con cuatro elementos de su escolta, salió en una Hummer hacia la casa del militar asesinado. Ahí detuvieron al hermano, un primo y la cuñada de la víctima, además de otra mujer, que estaban consumiendo bebidas alcohólicas, y los llevaron a la sede de la compañía.
De ahí, por órdenes del capitán segundo de Infantería Rodrigo de la Rosa Villa, salió el mismo grupo de militares con los detenidos para buscar a los autores del asesinato. Iban en la “Lobo del Mal”, como el mayor Rodas Cobón bautizó a la camioneta hechiza del Ejército.
Regresaron con otros dos detenidos, que interceptaron en la carretera a Camargo y calle Décima a bordo de una camioneta RAM negra y vidrios polarizados. Uno de ellos se identificó como sobrino de un narcotraficante al que le dicen El Pariente. Llevaba más de 5 mil dólares y maletas de ropa porque se iba a Sinaloa a ver a su tío, dijo.
Llevaron a los detenidos hasta la CINE con todo y camioneta. Ahí, el mayor Rodas Cobón les dijo al teniente Castillo y al sargento Becerra que los trasladaran a la palapa, “que en un rato llegaba su pelotón de la muerte”. Según el sargento Becerra, ese grupo estaba integrado por el sargento Víctor Fidel Cruz González, La Ardilla, el cabo Gabriel Roque Bernardino, el cabo Carmen Omar Ramírez Jiménez, el cabo conductor Adalberto Petlacalco Vázquez y el soldado Elías García García, entre otros que no identificó. Todos del arma de Infantería.
Como a las 7 de la mañana el mayor Rodas llegó con su pelotón. Iban todos uniformados, aseguró el sargento conductor Becerra en su declaración ministerial del 20 de agosto de 2009. “Empezaron a mojar a cubetazos a los dos civiles y a darles descargas eléctricas con unos cables”. El mayor Rodas les preguntó qué sabían de la muerte del soldado.
“El mayor con su pelotón de la muerte subió a los dos civiles a la camioneta Lobo y salieron rumbo al centro de Ojinaga, y como a la media hora arribó el mayor a la palapa –donde yo estaba, pues ahí me quedé durmiendo, no saliendo con el pelotón de la muerte– con los dos civiles y cuatro más que dijeron ser los michoacanos, un ex militar de la Tercera CINE que desertó, que era el cabo de Infantería Erick de Jesús Villegas Castillo, y una mujer que dijo ser esposa del ex militar.”
De acuerdo con ese relato, Rodas Cobón ordenó a sus hombres que vendaran a todos de los ojos y los empezaran a mojar. Quien empezó fue el soldado Elías García: conectó un cable para darle descargas eléctricas al ex militar en diferentes partes del cuerpo con el propósito de que hablara sobre la muerte del soldado. La tortura siguió hasta que el detenido empezó a echar espuma por la boca y el mayor ordenó que lo llevaran a sanidad.
Después el mayor les dijo a todos los detenidos, que estaban vendados, incluidos los familiares del soldado asesinado, que iba a matar a uno de ellos. Ordenó a los cabos Carmen Omar y Gabriel Roque que subieran a la mesa a uno de los michoacanos, quien fuera.
A José Heriberto Rojas Lemus, de 18 años y nacido en Uruapan, lo ataron de las manos a un poste que está al centro de la palapa. Le vendaron todo el cuerpo y el soldado García le empezó a dar descargas eléctricas. “Dale en los puros huevos hasta que cante el pendejo”, le ordenaba el mayor. A los pocos minutos, el detenido se empezó a convulsionar y se dejó de mover.
Rodas Cobón pidió de nuevo asistencia médica. Llegó el capitán primero cirujano dentista Luis Mariano Victoria Ordaz, quien informó que el muchacho ya no tenía signos vitales. “Tú no eres doctor para decir que ya está muerto este pendejo”, le contestó el mayor, por lo que al poco rato llegó el capitán primero médico cirujano Héctor Hernández Gutiérrez, quien confirmó la muerte del civil. Por esa asistencia, el capitán Victoria Ordaz fue consignado por la justicia militar con el cargo de encubrimiento.
Al poco rato se incorporó el teniente Huesca Isasi, vestido de civil, mientras que Rodas Cobón ordenó al sargento Becerra que abasteciera de combustible un vehículo Mercedes Benz y que le pusiera 20 litros de gasolina a la camioneta que le habían asegurado a los civiles para ser trasladados a Chihuahua, acusados de delincuencia organizada y posesión de droga y armas, que les sembraron.
Becerra asegura que por órdenes del mayor, el teniente Castillo Martínez le dijo que tenía que abastecer con más de 40 litros de diesel una camioneta de cabina y media que no era “la Lobo del mal”, y que con el personal ahí reunido subieran al muerto para llevarlo adonde quisiera el teniente, quien le dijo que fueran al rancho El Virulento.
Los cabos Carmen Omar, otro de nombre Abel y dos más que Becerra no identificó subieron a la víctima a la camioneta, la taparon con el equipo militar y el sargento conductor los llevó al rancho. Llegaron como a las 19:30, tres horas y media después de salir de la CINE. La tropa bajó el cuerpo y lo subió a un árbol. Abajo pusieron leña. El cabo Carmen Omar roció el diesel y prendió el fuego.
Después de cuatro horas y media, porque el diesel tarda mucho en consumirse, subieron las cenizas a la camioneta y, ya de regreso a la unidad militar, las echaron en un arroyo. Regresaron a la CINE como a las 4:30 del día siguiente.
De la represión por el asesinato del soldado Isauro López también da cuenta el cabo conductor Adalberto Petlacalco Vázquez, quien el 22 de agosto de 2009 aseguró al Ministerio Público Militar que por ese crimen hubo muchos civiles detenidos en la CINE:
“Unos estaban en la jaula del tercer piso de la compañía y otros en la cabaña. Más o menos eran como unas 15 gentes civiles (sic) sin poder precisar qué pasó con ellos. De lo único que me di cuenta fue que los torturaban con toques eléctricos y de eso se encargaba el cabo Elías García, junto con el mayor Rojas y el teniente Uriel Carrera García.”
Pocos días después de la desaparición de Rojas Lemus, el 5 de agosto le tocó al propio Petlacalco manejar la “Lobo del Mal” para desaparecer a otra víctima del pelotón de la muerte, del que según Becerra el propio cabo conductor formaba parte.
Horas antes había sido detenido al presunto narcotraficante Erick Campos Valenzuela, El Campitos, cerca del poblado El Almagre, en un patrullaje en el que participaron el mayor Rodas, el teniente Jasón Acevedo Guzmán, el sargento segundo Víctor Fidel Cruz, los cabos Carmen Omar y Bernardino Roque, además del soldado Elías García.
Los militares quemaron la camioneta de Campos y lo llevaron a su casa –que ya antes había sido saqueada por elementos de la misma CINE– porque les había ofrecido 250 mil pesos, pero en el domicilio sólo se encontraron dos armas. Rodas Cobón le dijo que lo iba a matar por traidor y se dirigieron al rancho El Trece. Cuando estaban cerca, el cabo Carmen Omar lo bajó de la camioneta. Lo torturaron echando gasolina cerca de él.
Regresaron a la CINE cerca de las 5:00, pero al civil lo dejaron en una cabaña cerca de esa instalación. Después de dormir unas tres horas, Rodas Cobón le ordenó a Petlacalco llenar el tanque de la camioneta y llevar 40 litros de gasolina de reserva.
Cuenta el cabo conductor: “Al civil que le decían Campitos lo llevamos hasta el kilómetro 221 de la carretera que conduce a Ciudad Camargo y después de haber recorrido unos 15 kilómetros me dirigí a un camino de terracería por el que transitamos unos 15 o 20 minutos más”. Llegaron a un paraje donde había un cuarto vacío, sin techo. Cerca del lugar había una grieta y una loma, desde la cual Petlacalco vigiló por indicación del mayor.
Cerca de la grieta hicieron una cama de leña. El soldado García y el cabo Carmen Omar le pusieron al detenido una cuerda en el cuello y la pasaron por el marco de la puerta de la casa abandonada. Lo empezaron a jalar hasta unos 30 centímetros del piso hasta ahorcarlo.
Pusieron el cuerpo en la cama de leña, le echaron gasolina y le prendieron fuego. Cuando el cuerpo quedó incinerado, el cabo Roque, el sargento Cruz y el cabo Carmen Omar echaron tierra para apagar el fuego. Luego, el soldado Elías García tomó una pala y echó las cenizas a un hoyo cercano. El mayor ordenó que regresaran a la CINE.
Petlacalco menciona que el propio Rodas Cobón le contó que a finales de 2008 había matado a un civil, quien supuestamente lo estaba persiguiendo para matarlo. Era Mario Dionisio Rivera o Marcos Rentería, jefe de sicarios de La Línea, el principal grupo armado del Cártel de los Carrillo Fuentes. El mayor fue a tirar el cuerpo a una de las casas de Rentería, cerca de la Curva del Diablo, en Ojinaga. “Son ellos o nosotros”, decía el mayor Rodas Cobón a los oficiales y tropa que estaban bajo su mando.

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