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Hay una palabra para todos esos libros que has comprado pero no has leído

Kevyn Mims / The New York Times | Jueves 18 Octubre 2018 | 11:38 hrs

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Tengo muchos más libros de los que podría leer durante el resto de mi vida. Sin embargo, cada mes agrego decenas más a mis estantes. Durante años, me sentí culpable de esta situación, hasta que leí un artículo de Jessica Stillman en el sitio web de la revista Inc. titulado “Why You Should Surround Yourself With More Books Than You’ll Ever Have Time to Read” (Por qué debes rodearte de más libros de los que tengas tiempo para leer). Stillman argumenta que una biblioteca personal demasiado grande como para leerla en una vida “no es una señal de fracaso ni ignorancia”, sino más bien “una medalla de honor”. Su argumento era una variación del tema que propuso Nassim Nicholas Taleb en su exitoso libro The Black Swan (2007), acerca del impacto desmesurado de los sucesos importantes e impredecibles en nuestras vidas. Básicamente, Taleb afirma que aunque solemos valorar más las cosas conocidas que las desconocidas, lo que ignoramos y, por lo tanto, no podemos ver venir, tiende a transformar nuestro mundo de manera más drástica.

La biblioteca de una persona a menudo es una representación simbólica de su mente. Alguien que ha dejado de expandir su biblioteca personal podría llegar a creer que sabe todo lo necesario y que las cosas que no conoce no pueden lastimarlo. No desea seguir creciendo intelectualmente. Quien siempre está expandiendo su biblioteca entiende la importancia de seguir sintiendo curiosidad y de estar abierto a voces e ideas nuevas.

Taleb argumenta que una biblioteca personal “debe tener tanta información desconocida como lo permitan tus finanzas, las tasas hipotecarias y el actual estado tan limitado del mercado de bienes raíces. Acumularás más conocimiento y más libros conforme envejezcas y, desde los estantes, el número creciente de libros que no has leído te parecerá amenazador. En efecto, cuanto más sepas, más grandes serán las filas de libros no abiertos. Digamos que esa colección de libros sin leer es una antibiblioteca”.

No me encanta ese último término que usa Taleb. Una biblioteca es una colección de libros, muchos de los cuales permanecen sin leerse durante largos periodos. No veo por qué eso es algo distinto de una antibiblioteca. Una mejor palabra para definirlo podría ser tsundoku, que en japonés significa “pila de libros que has comprado pero todavía no has leído”. Casi el diez por ciento de mi biblioteca personal se compone de libros que he leído; el otro noventa por ciento es tsundoku. Quizá tengo cerca de tres mil libros, pero muchos son antologías o compilaciones que contienen varias obras. Tengo muchos volúmenes de Library of America, una serie que publica en un solo tomo las novelas completas de autores como Dashiell Hammett y Nathanael West. Cuando termino un libro, a menudo lo regalo o lo intercambio en una tienda de libros usados. Como resultado, mi tsundoku siempre se está expandiendo mientras el número de libros que he leído sigue constante, de unos cuantos cientos.

Sin embargo, a decir verdad, tsundoku no puede describir gran parte de mi biblioteca. Tengo muchas colecciones de cuentos, antologías de poemas y libros de ensayos que compré sabiendo que quizá no leería todas las páginas. Autores como Taleb, Stillman y quien haya acuñado la palabra tsundoku parecen reconocer solo dos categorías de libros: los leídos y los no leídos. No obstante, todos los amantes de los libros saben que hay una tercera categoría que está en algún punto medio: los libros parcialmente leídos. Casi todos los títulos de la sección de Referencia que hay en los estantes de los amantes de los libros, por ejemplo, entra en esta categoría. Nadie lee el American Heritage Dictionary ni el Tesauro de Roget de cabo a rabo.

Uno de mis libros favoritos es The Stanford Companion to Victorian Fiction de John Sutherland. Se trata de un análisis fascinante, sesudo, ingenioso y muy obstinado de las novelas y los novelistas de la Inglaterra victoriana, desde los famosos (Dickens, Trollope, Thackeray) hasta los justificablemente olvidados (Sutherland describe las novelas de Tom Gallon como “ficción subdickensiana sobre los sentimientos y la chusma en Londres, generalmente escrita de manera elíptica y sin gracia”). He tenido el libro durante veinte años y me ha dado mucho placer, pero dudo que logre leer todas las palabras que contienen ese o decenas de otros libros de referencia en mis estantes.

Generalmente tampoco leo las biografías completas, porque los biógrafos suelen incluir toda la información que puedan en sus libros. En realidad, no me importan las cifras que obtuvo Ogden Nash en su boleta de calificaciones del tercer grado ni cuántos baúles llenos de ropa hizo transportar Edith Wharton a través del Atlántico cuando se mudó a Francia. Quizá hay cientos de biografías en mi biblioteca personal. He leído partes de la mayoría, pero muy pocas por completo. Lo mismo sucede con las colecciones de cartas. Cuando termino de leer una obra de ficción de Willa Cather, digamos, quizá me sienta inspirado a sacar el enorme tomo de Las cartas selectas de Willa Cather e intentar saber cómo era la autora cuando “no estaba trabajando”.

Esos no pueden contarse como libros que he leído, y tampoco pueden etiquetarse como tsundoku. Al igual que gran parte de mi biblioteca, viven en la zona intermedia de los parcialmente leídos. Taleb argumenta que “los libros leídos son mucho menos valiosos que los no leídos” porque los que no has leído pueden enseñarte cosas que aún no sabes. En realidad no estoy de acuerdo con él. Creo que es buena idea que en tus estantes haya libros leídos y no leídos, pero es igual de importante esa tercera categoría de libros: los que no has leído por completo y quizá jamás termines.

Ver un libro que ya leíste puede recordarte las muchas cosas que has aprendido. Ver un libro que no has leído puede recordarte que hay muchas cosas que aún debes aprender. Por último, ver un libro parcialmente leído puede recordarte que leer es una actividad que esperas que nunca termine.

Quizá hay una palabra en japonés para describir eso.

Kevin Mims vive en Sacramento y trabaja en la librería Avid Reader, donde ha leído parcialmente gran parte del inventario.

 



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