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Miguel Díaz-Canel, el revolucionario que nació después de la Revolución

The New York Times | Viernes 20 Abril 2018 | 00:01:00 hrs

The New York Times / Con Raúl Castro, en 2016

The New York Times / Con Raúl Castro, en 2016

La Habana – A finales de 2014, Cuba y el gobierno estadounidense de Barack Obama acordaron restablecer las relaciones diplomáticas después de décadas de estancamiento y disputas. Las embajadas fueron reabiertas, más estadounidenses comenzaron a viajar a la isla y se reveló un poco más aquello que se pensaba estaba escondido tras una cortina en Cuba, aislada de buena parte del mundo desde la Guerra Fría.

Aunque seguía habiendo un misterio. El sucesor de Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, era, en buena medida, un desconocido.

Una delegación estadounidense que visitó la isla a principios de 2015 buscó aprender más de él y le preguntaron qué pensaba de la Revolución que definió la situación política de Cuba y su lugar en el sistema mundial?

“Nací en 1960, después de la Revolución”, le respondió al grupo, según aquellos presentes, incluida la representante demócrata Nancy Pelosi. “No soy la mejor persona para contestar sus preguntas sobre el tema”.

Díaz-Canel, quien fue ratificado como presidente cubano el 19 de abril después de la salida de Raúl Castro, ha pasado toda su vida en servicio a una Revolución en la que no combatió. Nació un año después de que las fuerzas lideradas por Fidel Castro tomaron el control de la isla y es la primera persona sin llevar el apellido Castro que dirige Cuba desde mediados del siglo XX.

Su ascenso lento pero seguro por los escalafones burocráticos ha sido impulsado por una lealtad sin tregua a la causa socialista –Rául Castro ha dicho que no es “ni un advenedizo ni un improvisado”–, aunque se ha mantenido en buena medida tras bambalinas.

Ahora, como líder, Díaz-Canel deberá hacer algo de malabarismo. Muchos esperan que sea un presidente de la continuidad, en gran medida porque llega a la sombra de Raúl Castro cuando este seguirá al mando del Partido Comunista de Cuba. Aunque el nuevo presidente también deberá encontrar cómo revivir la economía de la isla en momentos en que el actual líder estadounidense, Donald Trump, ha echado para atrás el deshielo. Además, Díaz-Canel deberá poder manejar las frustraciones de una población cubana impaciente con el ritmo de los cambios en la isla, y hacerlo sin tener el peso de las credenciales revolucionarias del apellido Castro a sus espaldas.

Estas han sido clave para el poder político en Cuba desde 1959. En los años posteriores prácticamente todo el control ha corrido a cargo de algún Castro acompañado de personas leales que combatieron a su lado en la revolución.

Resultó que la oposición más efectiva a los hermanos Castro fue el tiempo.

Raúl Castro heredó el poder de manos de Fidel en 2006; este falleció una década después a los 90 años. Raúl puso en marcha las reformas más ambiciosas en décadas y después orquestó otra: pasarle la batuta a una nueva generación.

Después de abrir la economía a la inversión privada y al emprendedurismo, de relajar las restricciones de viaje hacia y fuera de Cuba y de restablecer los lazos con el gran enemigo cubano, Raúl Castro seleccionó a Díaz-Canel para suplirlo.

Pese a esfuerzos recientes de volverlo una figura más conocida, Díaz-Canel sigue siendo una incógnita tanto en casa como fuera. En 2012 lideró la delegación cubana para las Olimpiadas de Londres y acompaño a Raúl Castro a una conferencia internacional en Brasil. Pese a ello “es alguien que ha estado muy poco expuesto a figuras políticas o culturales de Estados Unidos”, dijo Daniel Erikson, ex funcionario del Departamento de Estado estadounidense. “Sencillamente no es una figura conocida en Estados Unidos y, francamente, tampoco es tan conocido en el resto de América Latina”.

Desde que Díaz-Canel fue nombrado primer vicepresidente en 2013, los cubanos y quienes estudian la política cubana han buscado averiguar más sobre él, revisando sus antecedentes como líder del partido en las provincias de Villa Clara y de Holguín y como ministro de Educación Superior para encontrar pistas sobre cómo será su presidencia.

En cada uno de esos puestos, según quienes lo conocían en su momento, Díaz-Canel ha sido un líder efectivo aunque silencioso, en ocasiones con tendencias progresistas. Muchos lo describieron como alguien que sabe escuchar; otros lo calificaron como accesible y libre de la rigidez o la lejanía de otros líderes partidistas.

También ha sido un defensor implacable de la Revolución y de los principios y políticas que esta ha conllevado.

Se han compartido anécdotas que dan cuenta de sus cualidades de hombre común: como que iba en bicicleta al trabajo en vez de usar un vehículo oficial cuando había escasez de gasolina, que defendió los derechos de un club para personas gays en Santa Clara ante protestas y que escuchó con paciencia a los académicos quejarse –en ocasiones sobre él– cuando era ministro de Educación Superior.

Hace poco, fue uno de los principales impulsores de la conectividad de internet en Cuba con el argumento de que la nación no debía cerrarse al mundo exterior. Aunque se mantiene en la línea partidista, quienes lo conocen dicen que no se adhiere a la creencia de que Cuba puede evitar la modernización requerida para participar en la economía global.

Aunque en Cuba el péndulo político no es solo blanco y negro; no son suficientes las definiciones convencionales de quién es progresista y quién es de línea dura. Los líderes pueden ser ambas y Díaz-Canel es ejemplo de ello. Es visto como alguien dispuesto a escuchar las ideas de otros, pero cuando era joven encabezó una campaña para acallar a estudiantes que leían y discutían literatura no avalada por el Partido Comunista, según quienes lo conocían en ese entonces.

El año pasado fue filtrado un video de Díaz-Canel dirigiéndose a un grupo de oficiales partidistas. En ese video critica a Estados Unidos, con la sugerencia de que Cuba no tiene que “dar nada a cambio” por el deshielo negociado por Obama. También reacciona contra un sitio web por ser una plataforma “muy agresiva contra la Revolución” y declara que lo van a cerrar. “Que digan que censuramos, está bien”, se escucha en el video. “Aquí todo el mundo censura”.

Ese video fue visto como una manera para que Díaz-Canel apuntalara sus credenciales frente a las facciones y cuadros de línea dura del gobierno, aunque un vistazo a su carrera demuestra que no ha dudado en confrontarse a actividades que son desaprobadas por el gobierno.

Díaz-Canel creció en la provincia central de Villa Clara, a unas tres horas de La Habana; es hijo de una maestra y de un obrero. Estudió ingeniería eléctrica en la Universidad Central de Las Villas, donde mantuvo una vida política activa.

Desde joven fue considerado una estrella en ascenso del Partido Comunista de Cuba.

Se sumó a la Unión de Jóvenes Comunistas, la liga juvenil del partido, en la que destacó. Después trabajó como guardia de seguridad de Raúl Castro. Según un amigo de ese entonces, eso le permitió mostrar su lealtad a la causa y acercó a Díaz-Canel tanto a Raúl como a Fidel Castro. Estuvo tres años en el Ejército, clave del poder en el país, y continuó su ascenso en el partido.

En sus veintes fue nombrado el vínculo del partido con Nicaragua, en ese momento el único otro gobierno comunista en la región, por lo que el cargo era de importancia para el gobierno.

Rodolfo Stusser, de 72 años, recordó reunirse con Díaz-Canel en los años ochenta cuando trabajaba como doctor durante la guerra civil nicaragüense. Stusser sentía que los otros médicos no se tomaban en serio el trabajo y flojeaban. Justo cuando empezaba a aclimatarse a la vida en Nicaragua, le avisaron que sería enviado a otro lado. Acudió a quejarse a la embajada de Cuba, donde se topó a Díaz-Canel, quien le ofreció darle aventón en su auto. Stusser aprovechó el trayecto para presentar sus inconformidades y enlistar lo que consideraba injusticias en su contra. Recordó que el recorrido de cuarenta minutos fue casi terapéutico.

“Solamente me escuchó”, dijo Stusser. “No dijo nada y eso me ayudó”.

Poco tiempo después, Stusser vivió un revés de fortuna: se le permitió quedarse en Nicaragua y un funcionario que le había dado largas acudió a verlo. Stusser huyó en 2010 y ahora vive en el sur de Florida. Dijo que siempre sospechó que fue aquel oficial del Partido Comunista que hablaba poco y escuchaba a fondo quien había utilizado sus conexiones en La Habana y en Managua para ayudarlo.

Juan Juan Almeida, de 52 años, recuerda haber escuchado el nombre de Díaz-Canel unos años después durante conversaciones con su padre, un hombre destacado del Partido Comunista en ese entonces. A decir de él, su padre mencionó al ahora presidente cubano una noche en 1993 después de una reunión en la que los oficiales discutieron posibles líderes futuros de la isla. José Ramón Machado Ventura, de la vieja guardia comunista, propuso a algunos jóvenes, entre ellos a Díaz-Canel.

“Raúl respondió: es confiable, pero muy joven”, recordó Almeida que le dijo su padre. “Esa fue la primera vez que oí el nombre Miguel Díaz-Canel”.

De ahí en adelante lo escuchó con bastante frecuencia, dijo. Se movía de un puesto destacado a otro, incluido cargos provinciales en los que se hizo su reputación de un funcionario efectivo y leal.

Díaz-Canel llegó al cargo de primer secretario en la provincia de Villa Clara durante el periodo especial, cuando la ayuda que llegaba a Cuba desde la Unión Soviética fue abruptamente cortada después del colapso del bloque.

En ese entonces, Díaz-Canel iba en bicicleta al trabajo y no en el vehículo con aire acondicionado al que tenía acceso como líder partidista. Es algo que aún se discute en Villa Clara y en la capital, Santa Clara.

Almeida hijo, quien también terminó yéndose a Estados Unidos, dijo que él y Díaz-Canel tenían muchos amigos en común, particularmente músicos y artistas a quienes el ahora presidente había ayudado en sus carreras. Díaz-Canel también tiene un hijo que es músico y vive en Argentina, dijo Almeida.

“Se junta con la clase intelectual, va a conciertos y es cercano a los jóvenes”, dijo Almeida. “Todas las personas que conozco que tenemos en común hablan muy bien de él. No hablan de él como alguien dictatorial”.

Académicos y otros en La Habana rechazaron ser entrevistados sobre Díaz-Canel, pues el gobierno no les dio permiso.

En Santa Clara, Díaz-Canel es recordado por utilizar pantalones cortos cuando casi todos los oficiales del partido vestían atuendos más formales, y por dejarse el cabello largo.

Sus creencias tendían a lo liberal, según los habitantes de la ciudad. Apoyó a uno de los únicos clubes para personas homosexuales en el país, El Mejunje. Cuando abrió hace décadas era un sitio polémico. Pero Díaz-Canel, quien llevaba a sus hijos al club cuando había actividades infantiles ahí, respaldaba el sitio cuando había controversias.

“Nos apoyaba cada vez que había una queja”, dijo Ramón Silverio Gómez, el director del club. “Era un aliado. Y un día que lo vi me dijo: ‘Cuenten con mi apoyo y entendimiento'”.

Aunque algunos ven en anécdotas como esas la construcción de un personaje, alguien menos genuino de lo que otros creen. Claro, iba en bici al trabajo; pero detrás de él siempre iban guardias de seguridad en vehículos.

“Era algo demagógico”, dijo Guillermo Fariñas, disidente reconocido y psicólogo cubano que creció junto con Díaz-Canel en Villa Clara. “En cuanto a la gasolina, estaba en su bicicleta, pero había autos con los de seguridad atrás de él. Era algo de manipulación del pueblo”.

Fariñas recuerda que una noche cuando estaba hospitalizado se fue la electricidad, en la era de los fuertes apagones y escasez en los noventa.

A eso de las tres de la mañana, Díaz-Canel, primer secretario de la provincia, acudió al hospital y visitó cuarto por cuarto para revisar a los pacientes y disculparse por el apagón. Incluso entonces se sabía que Fariñas era disidente. Estaba en el hospital recuperándose de una huelga de hambre.

“Cuando estaban afuera de mi habitación escuché a los agentes de seguridad estatales que le decían: ‘No, ahí no entre. Está un contrarrevolucionario'”, recordó. “Díaz-Canel dijo: ‘¿De qué hablan, de no entrar ahí? ¡Claro que voy a entrar!”.

Díaz-Canel lo hizo, le dio la mano a Fariñas y dijo: “No hablemos de política”.

Los dos hombres conversaron un poco antes de que el ahora presidente saliera para visitar al siguiente paciente.

“Mi impresión es que lo que hizo fue hacer política”, dijo Fariñas.

También recordó que después de la graduación Díaz-Canel fue profesor y funcionario partidista en la universidad y se sumó a una campaña nacional para combatir las “tendencias negativas” en Cuba.

“Intentaron convencer a la gente de que si no eras un verdadero comunista tenías que ser sancionado”, dijo Fariñas sobre Díaz-Canel. “Era el líder de eso en la universidad”.

Es la dualidad de Díaz-Canel, dijo. Era accesible, amigable y moderno; se reunía con los locales, jugaba básquetbol con los jóvenes y escuchaba rock. Al mismo tiempo, era un defensor incansable del comunismo y de la Revolución dispuesto a silenciar a cualquier crítico.

“Era muy activo, muy militante y muy incondicional respecto a su lealtad al régimen”, dijo Fariñas.

 



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