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Detectives de la muerte

Monica Hesse/Ricky Carioti
The Washington Post | Lunes 05 Diciembre 2016 | 00:01:00 hrs

Ricky Carioti/The Washington Post | Una carta de amor puede dar la pista para saber quién era el difunto Imagen Galeria

Ricky Carioti/The Washington Post | Una carta de amor puede dar la pista para saber quién era el difunto

Laredo, Texas—  La doctora Corinna Stern –médico forense de este condado– se subió a su camioneta y se fue a su casa, al rancho donde vivía sola –con un granero con establos donde tenía cabras y caballos. Revisó a la yegua que estaba embarazada, y les dio de comer a los perros, luego acarició a su cabra favorita, la cual acababa de dar a luz a su avanzada edad de 13 años.

Texas era su hogar, y vivir en un rancho, con nada que interfiriera con aquel cielo oscuro y estrellado, era lo mejor para ella. Había crecido en el estado, siendo la hija de un héroe de la Segunda Guerra Mundial,  y aunque había intentado vivir en otros lugares, ella sabía que quería regresar a Texas, y sabía que quería ser médico forense.

Fue idea de su padre. Él se hizo psiquiatra, y pasó 25 años trabajando en hospitales de veteranos ayudando a uno tras otro a dejar los horrores del desorden del estrés post-traumático. Ella quería hacer lo mismo que él, pero cuando de joven se lo comentó, él respondió en su tono honesto: “No creo que serías una buena psiquiatra. Creo que serías una buena patóloga forense”. Ella jamás le preguntó por qué, pero se quedó con la idea de que quizás él trató de ahorrarle el dolor que algunas veces implica trabajar con los vivos.

El cabrito nació muerto. Stern había ayudado a sacarlo del vientre de su madre sabiendo de antemano que ya era muy tarde. Y luego la madre cabra se quedó en el suelo, quieta,  y Stern pensó que también la perdería. Pero horas después, miró abajo y vio otro par de pezuñas saliendo del canal de parto. Gemelos. Stern vio ese momento en su mente una y otra vez, pensando que rodearse de vida era la única forma de equilibrar el hecho de que a menudo estuviera rodeada de muerte.

El cadáver número 106

Terminó sus quehaceres vespertinos y se dirigió a un rancho cercano, donde una familia a la que conocía había invitado gente a presenciar una competencia de lazo de cabras.

“¡Papá, es la doctora!”, gritó una pequeña niña a su papá tan pronto llegó Stern.

Todo el mundo reconoció a la doctora. La gente se había acostumbrado a verla en televisión cuando había un caso muy sonado, como un asesinato de película, y sabían que si no encontrabas a un ser querido, su oficina trataría de encontrarlo. Y no había muchas mujeres judías en Laredo — Stern no sabía de otra persona que observara la ley judía.

“¡Mirabeli! Te traje algo”, dijo mientras la niña se subía a su regazo, y le dio una bolsa de papel llena de Chetx Mix y Tostitos.

“Vamos, tú puedes atraparlo!”, gritaba Stern, asegurándose de echarle porras a los niños más chicos con sus pantalones vaqueros, tratando de lazar a las agitadas cabras. Cuando apenas comenzaba a relajarse el fin de semana, el celular en su bolsillo vibró.

“Hola, Jesse, ¿qué tienes?”, preguntó. Escuchó mientras un colega del Condado Brooks describía una situación y luego inmediatamente llamó a Francisco González, el investigador de su oficina que estaba de guardia ese fin de semana. “Jesse llevará a un inmigrante del Condado Brooks”, informó a González por teléfono. Le instruyó que fuera a la oficina a recibir el cuerpo y le dijo que ella estaría el domingo a primera hora para hacer la autopsia.

Un hombre había sido hallado en pantalón de mezclilla y con una mochila en un rancho detrás de un WalMart, y así el inmigrante 106 había llegado.

La historia de amor

Letizia Sebastián y Enoc David Vásquez Valverde apenas tenían 20 años cada uno cuando se conocieron. Él había llegado a Oaxaca proveniente de un pequeño pueblo humilde en la costa Oeste de México y le habían dado empleo en la tienda de comida para animales donde Letizia trabajaba, y ella pensó que se veía humilde y tenía ojos amables. Se casaron en el Registro Civil, se mudaron a la casa llena de la familia de ella porque no podían pagar su propia casa, y tuvieron una bebita, a quien llamaron Zoe y a la cual vestían de rosa.

La bebita cambió las cosas. Enoc, ahora de 21, quería más para su hija y más para la familia de ambos. La pareja quería mudarse a su propio departamento pero nunca había bastante trabajo que pagara un sueldo suficiente. Conforme el 2016 pasaba, él comenzó a decirle a Letizia que tenía amigos en Estados Unidos que le podrían ayudar a encontrar un trabajo allá. Finalmente, un día a finales de septiembre ella lo acompañó a la estación de camiones foráneos, donde él le dijo que no se preocupara, que encontraría una mejor forma de vida para ellos.

El camión lo llevó a Monterrey, una ciudad en el Norte de México. De ahí llamó diciendo que estaba quedándose en un hotel con alguna gente que había conocido; ahí se quedarían cuatro o cinco días hasta que el coyote que habían contratado para que los guiara a cruzar la frontera les dijera que las condiciones eran favorables. Unos días después así eran y a las 6 P.M. del 6 de octubre, Enoc envió un mensaje de texto diciendo que esa noche cruzarían.

Dado que no querían ser detectados, nadie del grupo haría llamadas mientras navegaban el desierto de Estados Unidos, le dijo. La próxima vez que ella supiera de él sería porque ya estaba en Estados Unidos.

 

Boca abajo en el río

A menos de 24 horas de que Stern recibiera la llamada sobre el inmigrante 106, le hicieron dos más. El inmigrante 107: restos de un esqueleto, también en el Condado Brooks, posiblemente se requirieran exámenes de ADN para ser identificado. El inmigrante 108: un hombre que se encontró flotando boca abajo en el Río Grande. Menos de 24 horas, y ya había tres personas más agregadas a la lista, y tres familias más que no sabían de los suyos.

El último, 108, estaba en el Condado Web, donde vive Stern; esto significaba que no sólo sería responsable de su autopsia sino de recoger sus restos. La noche del sábado se puso su bata quirúrgica y sus botas contra agua más altas y condujo más allá de un parque para casas móviles y un grupo de palmeras hasta un acceso al Río Grande, desde donde México se veía muy cerca.

“¿Normalmente quién recoge el cuerpo?, preguntó el agente de la Patrulla Fronteriza cuando ella salió de su camioneta y llegó a la orilla del río.

“Si está en el agua, yo misma lo haré”, contestó.

“No podemos ayudar”, advirtió él.

“Yo sé que no pueden. Yo lo haré”. Abordó el bote de la Patrulla Fronteriza y le dijo al investigador que la había acompañado que esperara en la orilla y preparara una bolsa para cuerpos.

El hombre estaba hinchado. Había comenzado a descomponerse. Stern y González, su investigador, metieron al hombre en la bolsa para cuerpos que había sido donada como parte de un apoyo de la oficina del gobernador porque el problema de inmigrantes muertos había alcanzado un estado de emergencia. Stern y Francisco tomaron dos agarraderas de la bolsa cada uno. Comenzaron a cargarlo por la orilla del río cuesta arriba. Sus pies resbalaron. Sus botas se llenaron de lodo.  Comenzaron de nuevo. Se aseguraron de no dejar que la bolsa tocara el suelo. Pasaron la bolsa que contenía al hombre por entre las hileras del alambre de púas que protegía la orilla del río. Lo metieron a su camioneta van.

“Te veré mañana”, dijo Stern a González, y el día siguiente llegó, y Stern estaba una vez más frente a su mesa.

Eran poco más de las 9 de la mañana del domingo.

Lo ubican con el celular

El inmigrante 106, el hombre que había sido encontrado detrás de un WalMart, estaba sobre la mesa de ella. Era joven, podía ver eso. Su cara era redonda. Sus ojos cerrados, y se veía como si pudiera estar simplemente dormido.

El teléfono de él estaba sonando.

Stern lo vio. La pensó. “El problema es que ninguno de nosotros dos habla español suficientemente bien como para hablar con la familia”, le dijo a Ramos, su asistente. El celular dejó de sonar, y Stern regresó a trabajar, pero unos minutos después volvió a sonar.

Lo pensó por sólo un momento antes de caminar rápido hacia el teléfono. “¿Hello?”, contestó en inglés. “¿Hola? ¿Habla inglés?”. Al otro lado escuchó una serie de palabras en español. “¿Usted o alguien más de allá habla inglés?” preguntó. “¿Hello?”

Se rindió y colgó la llamada, pero el teléfono inmediatamente sonó de nuevo. “Hello?, dijo. “No hablo español bueno. Y agregó en inglés “¿Puede llamar de nuevo en 20 minutos?”, luego en español “¿Veinte minutos?”.

Colgó de nuevo. “Creo que era su esposa”, dijo a Ramos calmadamente.

No sabía si la mujer le había entendido, pero González, quien hablaba español fluido, comenzaba su turno en 20 minutos. El teléfono sonó de nuevo. Ella no contestó. Cinco minutos después sonó una vez más. Dos minutos después nuevamente.

“Sigue llamando”, dijo Stern. “Continúa tratando”.

Ahora el teléfono sonaba incesantemente mientras Stern fotografiaba al inmigrante 106  —su cara, su cuerpo, cualquier detalle que sirviera para identificarlo— y lo preparaba para una autopsia. Ya sospechaba que había muerto de deshidratación.

El teléfono sonó, González llegó y Stern se lo pasó.

“Diles que trabajas con la doctora Stern en la oficina del forense”, instruyó, diciéndole en voz baja qué y cómo decir las cosas correctamente. “Diles que encontramos este celular en el cuerpo de una persona que fue recuperado en un rancho en el Condado Brooks, y pregúntales si les falta un integrante de su familia”.

Una triste noticia

A cientos de millas de distancia, los padres del difunto estaban sentados en su casa en Santo Domingo de Morelos, acabando de escuchar de su nuera que una extraña que hablaba inglés había contestado el celular del hijo de ellos.

González tradujo el mensaje de Stern a ellos. Luego tapó el micrófono mientras le decía: “El hombre dice que buscan a su hijo”.

“Pregúntales cuándo fue la última vez que vio a su hijo”.

González preguntó. “Dice que hace unos días”.

En el centro de la sala, el inmigrante 106 yacía sobre la mesa de metal. Le habían quitado la ropa. Lo habían colocado sobre un costado.

“Pregúntale si puede describir cualquier tatuaje que su hijo tuviera”, le dijo a González.

“Un escorpión”, respondió González.

En la espalda del hombre, un escorpión rodeaba su omóplato, con un nombre que parecía como si fuera el de su esposa o novia.

“Con el nombre ‘Zoe’”, continuó González, mientras escuchaba al padre describir el tatuaje desde el otro lado. “Zoe es su hija pequeña”.

Stern había realizado las preguntas en el orden adecuado, para no alarmar a alguien innecesariamente. Pero ahora sólo había una pregunta más que hacer. Buscó la identificación mexicana que había sido encontrada con el inmigrante 106.

“Pregúntale cuál es el nombre de su hijo”, instruyó finalmente.

“¿Cómo se llama su hijo?”, preguntó González. Luego volteó hacia Stern y le contestó lenta y claramente. “Su hijo se llama Enoc David Vásquez Valverde”.

Ella vio la  credencial. “Diles que desafortunadamente, tenemos a su hijo aquí”, pidió. González lo hizo. El padre recibió la noticia calmadamente, pero se podía escuchar a la mamá llorando a lo lejos.

Su hijo había sido hallado, entre los matorrales, a menos de 24 horas de haber enviado el mensaje de texto a su esposa diciéndole que ya iba a cruzar.

“Dile que el Consulado Mexicano le llamará”, dijo Stern, explicando que el consulado sería quien ayudara a determinar cómo enviarían los restos de su hijo de regreso a ellos.

González colgó el teléfono. Stern terminó su trabajo, se quitó los guantes, comenzó a llenar el papeleo. “Enoc David Vásquez Valverde”, dijo, repitiendo el nombre que González le había dado, el que perteneciera al hombre que alguna vez fuera conocido como el inmigrante 106.

Ella tenía un final. Era uno triste, pero era un final y era lo más que ella podía hacer.


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