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Huye periodista salvadoreño de pandillas… y el Gobierno

The Texas Tribune | Martes 18 Octubre 2016 | 00:01:00 hrs

The Texas Tribune | Jorge Beltrán, editor de El Diario de Hoy

The Texas Tribune | Jorge Beltrán, editor de El Diario de Hoy

San Salvador, El Salvador— Fue difícil cuando Jorge Beltrán tuvo que implorar por la seguridad de su familia con la madre del líder de una pandilla de la Mara Salvatrucha. O salir huyendo de su vecindario para proteger a su hija adolescente de los cortejos de miembros de pandillas.

A fines del año pasado, su empleo como reportero y editor de un periódico en la capital mundial del asesinato dio un giro aún más extraño. Esta vez las amenazas no provenían de las pandillas, sino de su propio Gobierno.

Beltrán se especializa en reportar sobre pandillas y el crimen organizado en El Diario de Hoy, uno de los más grandes periódicos de El Salvador. El hombre de 46 años ha sido reportero durante 15 años, narrando las oleadas de asesinatos, las masacres por escuadrones de la muerte y la corrupción oficial que ha inundado la capital de la nación en años recientes.

A finales de diciembre del 2015, publicó un mapa detallando cuáles de los vecindarios de San Salvador eran controlados por las poderosas pandillas callejeras, incluyendo a la Mara Salvatrucha (o MS-13) y al Barrio 18. Lo hizo para proporcionar una guía interactiva para ayudar a la gente a navegar los confusos y difíciles límites de las pandillas; saber por dónde no atravesar es literalmente un asunto de vida o muerte.

Pero las autoridades de las agencias policiacas nacionales se avergonzaron mucho con la noción de que habían perdido el control de enormes áreas de San Salvador en favor de las maras, las pandillas. Unos días después de que se publicaron los mapas, el gobierno ‘contraatacó’.

Citando leyes que clasifican a las pandillas callejeras como organizaciones terroristas –y dando a las autoridades poderes para castigar a sus ‘colaboradores, simpatizantes y patrocinadores’– un alto comandante de la policía nacional presentó una queja contra el periódico donde Beltrán trabaja ante el procurador general. 

El presunto cargo: promover el terrorismo e incitar al crimen, delitos que ameritan hasta cuatro años en prisión.

 

Acoso

En El Salvador, ‘los oficiales acosan y amenazan a los reporteros que tratan de investigar la corrupción o las finanzas del gobierno’, de acuerdo con el grupo de apoyo a la profesión Reporteros sin Fronteras.

El año pasado, por ejemplo, el periódico digital El Faro recibió amenazas de muerte por reportar sobre los asesinatos extrajudiciales de miembros de pandillas por parte de la Policía. Eso siguió a un retroceso previo, en 2012, cuando El Faro reportó amenazas luego de publicar historias de una controversial tregua entre el Gobierno y los miembros de pandillas.

Más recientemente, el reportero salvadoreño Héctor Silva Ávalos, autor de ‘Infiltrado: Crónica de la Corrupción en la Policía Civil Nacional’, ha enfrentado acoso legal de un hombre de negocios prominente y conectado políticamente, José Enrique Rais, por su reporte en el que cita registros de la Corte de Florida donde describen a Rais como un ‘objetivo prioritario’ de la Agencia Antidrogas estadounidense.

Rais –quien luego enfrentó cargos por los fiscales salvadoreños en una investigación separada sobre corrupción donde se involucraba a un ex procurador general– ha usado las leyes penales de El Salvador sobre difamación, criticadas por los defensores de la prensa libre, para amenazar a Silva.

Las argucias para acosar o amenazar a los reporteros podrían tener efectos enfriadores en un momento en el que –gracias en parte a la competencia robusta del vanguardista periódico en línea El Faro–, la prensa salvadoreña ha estado produciendo periodismo de primera clase, de acuerdo con Rosental Alves, director del Centro de Caballeros de la Universidad de Texas en Austin.

 

Inseguro hasta en su casa

La violencia en las calles está creciendo tanto que los reporteros difieren poco de los demás civiles en tratar de llevar una vida a salvo para ellos mismos y sus familias. Beltrán tiene experiencia de primera mano.

Recibió amenazas de muerte en su propia ciudad, Soyapango, ahora uno de los barrios más infestados de pandillas en el área metropolitana de San Salvador. Irónicamente, las pandillas no comenzaron a infiltrarse en su vecindario hasta el 2012, explicó Beltrán.

Ese año, un joven miembro de MS-13 que huía de la Policía trató de refugiarse en la casa de Beltrán, pero el reportero se rehusó a dejar que el chico entrara. Minutos después, cuando llegó la Policía, Beltrán le dijo lo que vio.

‘El hecho de hablar con la Policía sobre él –eso fue como una sentencia de muerte para mí’, narró Beltrán. ‘El muchacho quería matarme’.

Afortunadamente, Beltrán conocía a la madre de un encumbrado miembro de MS-13. Acudió a ella, explicándole que él sólo dijo a la Policía que vio a alguien corriendo y que no podía mentirle a las autoridades.

‘Ella le dijo a su hijo: Oye, no te metas con esta gente. Ellos no están de parte de nadie. Su hijo dijo: está bien, no te preocupes’, recordó Beltrán. ‘Si no hubiéramos hecho eso, habríamos tenido muchos problemas. Nos habrían matado’. 

Poco después del incidente, Beltrán empezó a notar que su vecindario cambiaba. Había comenzado con ese pandillero. Luego llegó otro. Y otro. Finalmente, habían establecido el control de las calles.

Beltrán escribió acerca de vivir entre pandilleros a mediados del 2013 en un artículo en línea titulado ‘Diario de un periodista que vive en un vecindario dominado por las pandillas’.

En una ocasión comentó que se encontraba disfrutando de sopa de langosta durante el almuerzo con su familia cuando dos pandillas rivales comenzaron a dispararse mutuamente en la esquina de la calle, justo afuera de su casa.  

Reportó saber que había pandilleros durmiendo sobre su techo para evitar ser capturados; niños jóvenes saludándose con saludos complejos típicos de las pandillas; niños siendo deslumbrados con celulares y bicicletas para unirse a las pandillas.

Le llevó más de dos años encontrar un lugar seguro que pudiera pagar. Aún es dueño de la vieja casa en Soyapango, pero la renta es alta en su nueva colonia, donde el número de asesinatos es más como el de la tranquila Costa Rica que como las partes feas de San Salvador.

‘Estamos bien. El nivel de seguridad es muy alto. No hay pandilleros durmiendo en el techo. No más tiroteos’, dijo.


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