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Cinco años sin Soraya, la mujer que, simplemente, lo logró...

Excélsior | Martes 27 Marzo 2018 | 15:40 hrs

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Ciudad de México– Hace cinco años murió Soraya Jiménez Mendívil: el 28 de marzo de 2013, la mujer que se conquistó a sí misma y que con su medalla de oro en Sidney hizo vibrar a una nación, nos dijo adiós, pero quienes la conocimos, la recordaremos así, por siempre:

Apuntes sobre Soraya, fuerza arrolladora

Una pregunta entre todas sorprende a Soraya Jiménez.

Está ante un auditorio de periodistas, ha ganado la medalla de oro, la primera de una mujer mexicana. Ha estremecido al país; enloqueció a un centenar de compatriotas que ondeaba banderas y gritaba ante cada uno de sus levantamientos. Escucha:

--¿Sabe usted, señorita, la trascendencia de lo que acaba de realizar?

Mira la deportista hacia la parte alta del salón. Fotógrafos. Flashazos. En perfecta sincronía cámaras de televisión siguiendo en vivo cada uno de sus movimientos. Tras un breve silencio, su expresión se vuelve infantil ante lo honesto de la respuesta.

--No. No me he detenido a pensar...

Lo hará, minutos más tarde, cuando la euforia se vuelve sinrazón e inicia abruptamente su ingreso a la inmortalidad histórica, a la gloria deportiva, a la pleitesía de una nación entera. Cuando se sucede esto:

No avanza entre la pequeña multitud que la acoge con vehemencia; el espacio se reduce a cada paso hasta hacerla detener. El auditorio para mil personas lucía vacío, hacía unos instantes: un puñado de reporteros cuestionando lo que parecía tan sólo una conferencia de prensa. Peero el acoso sobrepasa los límites tras la última pregunta formal: entre dos grupos se disputan sus primeras palabras, la exclusiva, palabras de oro que preceden al clamor. La pequeña multitud se sumergue en la desmesura y el acoso a la campeona se vuelve violento Trata Soraya de evadirlos, se arropa con una de las reporteras, amiga también, que ráuda busca una salida.

La de emergencia está clausurada; intentan huir, pero...

Medalla de oro.

Está atrapada y se estalla su impotencia. Llora Soraya, aquí, en el Centro de Convenciones de Sydney, acorralada por la voracidad de los comunicadores, la noche del lunes 18 de septiembre de 2000, porque el camino se le oscurece: en esta parte no hay luz y los pasillos se vuelven lúgubres reductos. Solloza porque la salida está tapiada y debe volver, enfrentar a ese electrónico monstruo informativo cuyos representantes se insultan, jalonean, reclaman derechos y pierden compostura. Y ella lo único que quiere es aire fresco.

Está atrapada.

Pero hay negociaciones, los bandos ceden y los hombres de la televisión otorgan; la calma vuelve. Cada productor demandaba la transmisión de la primera entrevista de Soraya como mujer leyenda.

Cumple los compromisos contraídos Soraya. Habla. Y ya: libre al fin.

Respira profundo la campeona en la Bahía; es noche, los mexicanos que estremecieron con el Himno Nacional y la figura de la mexicana a lo alto del podio, cantan al México quince mil kilómetros distante y ondean banderas con ese orgullo que pocos habían saboreado y que causa expectación entre los turistas a la búsqueda de algo de cenar:

¿Mexicana y medallista? -preguntan en todo idioma.

Oro.

 

Reposa el cuerpo inanimado.

Dialogan los médicos; analizan los forenses.

Soraya Jiménez:

--Cuando estuve en la universidad tuvimos la oportunidad de ir, varias veces, a ver a los muertos, acompañando a los forenses; de estar ahí, viendo cómo trabajan, qué hacen. Y me gustó. ¡Me gustó mucho! Platicando uno de ellos me decía: "La gente piensa que nos volvemos muy fríos, que esto, que lo otro, pero eso no es cierto..." Y me empezó a llamar la atención. Dije, "me interesa": sobre todo porque abogados penalistas hay muchos, muchísimos. Y deduje, no, derecho forense realmente es una carrera relativamente nueva. Mucha gente no se va con ese tipo de especialización...

Sonríe la atleta meses después. Rememora. Delinea en algunos trazos los caminos por los que ha transitado en los últimos años. Ternura convertida en fuerza arrolladora.

Alguna vez le tocó el difícil papel de convivir, con-morir con un cadáver. Tocarlo. Mirarlo fijamente y preguntarse los porqués de esa historia que ahí acababa. ¿Qué sintió?

--Miedo, al principio -tiritan en sus labios las palabras. Sonríe, divertida-- Sí al principio sentía miedo. Decía "Dios mío, qué es esto, qué hago yo aquí... pero cuando me fui acostumbrando a las imágenes, a lo fétido de ese olor, y a todo eso me di cuenta de qué estamos hechos: vi el cuerpo humano por dentro.

--¿Cómo es?

--Lleno de víceras. Sí, así somos. Qué bueno que no nos ven por dentro, pensé. Y también qué bueno que hay gente especialista en estudiarlo a uno. Es impresionante. Pero también es bonito.

Soraya es fuerza arrolladora.

La vida entregada a los que quiere.

Amistad, familia, amores, relojes y muñecos. Un Taz inseparable.

Las llamadas de los suyos por la noches que le anclan a la vida porque: no es sencillo triunfar, y la distancia obstaculiza.

 

1996.

Una tarde, el deporte requirió de su presencia. Pero el deporte no estaba preparado.

Con la ilusión puesta en su primer Campeonato Mundial, debía acercarse a las oficinas del Comité Olímpico Mexicano. Solicitar avales. Será un simple trámite burocrático, imaginó.

No.

Mujer.

Mujer-deportista.

Y, frente a ella, un militar: el mayor Soto, encargado de recibirla y atenderla.

--Y él no creía en las mujeres. Me dijo: "no vas, eres mujer y tienes que quedarte en tu casa".

Por supuesto, procedieron los reclamos.

Y la insistencia, compañera inocultable. Dieron resultado todas las presiones. Pero...

Soraya. Y su gesto ahora es como un reto:

--Dos días antes de que el equipo saliera, me autorizaron el aval; él se acercó y me dijo: "Si no quedas dentro de los 10 primeros lugares del mundo, no les pago nunca más nada, pero si quedas dentro, yo les pagaré todo, a partir de ahora, a ti y a la selección femenil. T-o-d-o-s los viajes.

Eso, que esta pequeña de 17 años acababa de vivir, posee un nombre de diez letras: compromiso.

Soraya y las manos que no dejan de moverse. La niña y sus recuerdos. Sonrisa triunfadora.

--Vaya tarea... Era muy fuerte. Y yo tenía temor, pues me la estaba jugando, y no por mí sino por todas las que practicamos esta disciplina.

Parte de la vida de los atletas es resolver y eso se aprende en la convivencia del gimnasio, en las palabras con los amigos; en lo grande de la siguiente cerca por saltar. En lo lento que suelen cocinarse las carreras deportivas plenas.

--"Qué bueno", fue lo que pensé. "Porque ahora se los voy a demostrar".

--¿A quienes? -pregunta, el rostro convertido en una gran interrogación.

Pregunta obvia.

 

 

Remontemos.

¿Una mujer levantando pesos?

En los albores del levantamiento de pesas muchas mujeres, como es el caso de Olga Granados Lara, tuvieron un primer acercamiento con el fisicoconstructivismo. Otra de las precursoras, Aída Servín, incursionó en las competencias de la modalidad levantamiento de poder, como se denominó a aquello que muchos hombres no alcanzaban a entender: la presencia femenina en especialidades, como ésta, que contemplaba entre sus movimientos el bench press, la sentadilla, y el peso muerto. La diferencia con la halterofilia es precisamente lo diferentes de los movimientos, como el arranque y el envión.

Fue Aída Servín pionera en el levantamiento de poder; le siguió Olga Granados, quien, inclusive, en una competencia contra levantadores en la categoría masculina, terminó en tercer lugar ante la incredulidad del público de finales de los años ochenta, pero, sobre todo, de los propios competidores, entonces pertenecientes a la Federación Mexicana de Levantamiento de Poder. Olga, con 52 kilogramos de peso corporal, llegó a levantar 110 en sentadilla, 142.5 en peso muerto, y 60 bench press.

Años más tarde Soraya Jiménez Mendívil entró por primera vez a un gimnasio de pesas y encontró algo de hostilidad. En el mismo equipo del Comité Olímpico debían esperar, ellas, a que los hombres desocuparan los aparatos, amén de miradas de cierto encono. Cada vez más fuerte y más disciplinada, su presencia se hizo cotidiana. ¿Cómo reaccionaron los hombres ante el éxito?

Soraya:

--Siempre hubo mujeres en el gimnasio, pero estuvieron muy rezagadas. Y sucedía que algunos de los muchachos que llegaban a entrenar, si el gimnasio estaba lleno, llegaba y quitaba a una mujer. ¡Y lo peor es que el entrenador lo permitía! Y ahora no. Ahora si no llegaste a tiempo y no conseguiste tarima, pues te esperas. O sea: aquí ya todos somos iguales. Ahora ellos dicen: "no, pues nos quitaron el apoyo". Y no eso no es cierto, no se les quitó, ellos mismos se fueron conformando con los pocos resultados que tuvieron, Dijeron, si siempre vamos a estar viajando, para qué subo, ¿no? Y ese fue el problema.

A ellos, debía demostrarles.

Soraya:

--A ese campeonato mundial fueron dos hombres por parte del COM y terminaron en los sitios 36 y 34, y yo terminé dentro de las mejores diez, como me lo exigieron. Así que al regreso les dije: "Miren: a mi no me pagaron nada, y aquí están los resultados". A partir de esa fecha empezamos a viajar casi equipo completo de mujeres, pagadas ya por el Comité. Finalmente se nos abrieron las puertas.

Hay mucho de orgullo en lo que relata. Mucho de planes cumplidos. De emoción.

--...Y este, bueno, pues empezamos a entrenar, con muchas más ganas. A partir de eso se fueron rezagando los hombres. Porque entonces ya era parejo: apoyos y exigencias a hombres y a mujeres, pero empezamos a tener más resultados las mujeres. Comenzaron a quitar a los hombres y el apoyo era para nosotras.

En 1998, cuando me informaron que ya estaban las pesas en los Juegos Olímpicos, me dije: "Esa es mi meta".

Pero antes, debía conocer Maracaibo.

 

Sus propios límites, nuevos obstáculos; consecuencias.

Incrementó las cargas de trabajo, rumbo a los Juegos Centroamericanos; los Juegos del Sol: 45 grados por las noches.

¿A qué se va a Maracaibo? --le preguntaron cuando el presidente Ernesto Zedillo abanderó al grupo, en Los Pinos.

La respuesta, invariablemente, fue: a refrendar nuestro segundo sitio en el área. A ver cuánto nos podemos acercar a los cubanos. A estar por encima de Venezuela y Colombia.

Para Soraya --quien viajó con una lesión en la rodilla--, los Centroamericanos "son un reto entre el ya amplio calendario de competencias que tenemos. Esta será la primera vez que asisto a unos Juegos y me han dicho que son, además de grandes competencias con lo mejor que hay en la región, una buena oportunidad para hacer amigos, para convivir con la gente que se dedica a lo mismo que tú: al deporte".

Pocos lo sabían, pero viajó con molestias y dolores.

Soraya:

--Una semana antes de los Centroamericanos yo estaba de campamento en Mérida. Ya había terminado la práctica; estaba charlando, me senté en una silla y se me trabó la rodilla. Entonces le dije a una amiga: "Destrábamela". Y lo quiso hacer pero nada y nada... y me dolía mucho. Me llevaron al hospital y fue peor. Le hablé a mi papá y le dije "localízame al doctor, ¡pero ya!", y me ubicó a los dos ortopedistas que me atendían. Y por teléfono ordenaban: "Que te hagan así y te hagan asá. Que te pongan una inyección debajo de la rodilla para que relaje: no te vayan a reventar... No. Mejor que no te hagan nada". "Saben qué olvídelo", les dije. "Ya me rompieron algo": fue el menisco. Me pidieron que volviera a México "en el primer vuelo que encuentres". Regresé, me hicieron unos estudios, y ahí mismo me dijeron tu menisco está roto y tu ligamento cruzado está desgarrado. No vas a poder competir. "Cómo no", atreví. "No me interesa, inyéctenme, hagan algo, pero tengo que competir". "Es muy arriesgado, se te puede fracturar el ligamento cruzado y ahí sí pierdes todo". "Pues me la juego".

Y se la jugó.

--Me fui a los Centroamericanos. El doctor Rafael Ornelas me hizo una infiltración y me dijeron pues "hazte un vendaje así y así y asado" y yo a Maracaibo llegué como diez días antes de mi competencia. Esos diez días nada más fueron para mantener. Porque era un dolor impresionante. Y me decía mi entrenador, "con qué peso vamos a empezar". "Pues con lo mismo", le decía. Como estaba, pensé, no vamos a bajar marcas; no nada. Afortunadamente salió todo muy bien; obviamente al terminar la competencia tenía la rodilla destrozada. Llegué a México y me volvieron a hacer un estudio y me dijeron "traes una perforación de la rótula al cincuenta por ciento de su tamaño". Me dijo el doctor, "ya ni camines. Ya nada porque si te llegas a tropezar, te llegas pegar o a caer, tu rótula se parte en dos". Y al otro día me metieron a quirófano y me operaron. No había de otra.

Se la jugó.

--Sí. Es que no podía dejarlo pasar... Es como a cualquier persona, ¿no?, que se está preparando para algo y le dicen, por equis razón no vas. Y dije: no me interesa, pero tengo que ir, Afortunadamente no me pasó nada y me fue muy bien. Es algo con lo que uno aprende a vivir: con los dolores. Ya estando en la competencia lo que quiere uno hacer es subir, levantar; hacer lo mejor.

(En los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Venezuela, se alzó con las tres medallas de oro y con récords de la competencia al levantar en arranque 80 kilogramos, en envión 102.5 y en total 182.5.)

Soraya:

--Para el 98, rumbo a los Centroamericanos, trabajamos muy fuerte, todo el equipo, y bueno, desgraciadamente no hubo el resultado que se esperaba. Porque esperábamos más: llegábamos un equipo para que la mayoría sacara medallas, desafortunadamente por movimientos medio extraños. Cosas raras que sucedieron en la competencia, raras porque no sabemos hasta la fecha lo qué pasó con algunas competidoras que iban para medallas y se pensaban ellas retirar de las pesas con una medalla y finalmente, se fueron muy decepcionadas.

--¿Cosas raras?

--Raras. Situaciones extradeportivas: en la competencia habían perdido un levantamiento cuando no tenía que ser, sobre todo con la persona que las estaba llevando, con mucha experiencia. Sucedieron cosas que ni hablar. El equipo era muy bueno, la unión era muy buena, también. No sabemos qué pasó.

A ella: tres áureas medallas, récords Centroamericanos y una lesión. Apenas a una semana de los Juegos en Venezuela, donde compitió con los meniscos rotos a consecuencia de una lesión durante un campamento en Mérida, fue intervenida quirúrgicamente.

El orgullo pendía en triple presentación sobre su pecho: oro, oro, oro.

 

--¿Mis hijos?... ¡fueron la roña!

Dos hermanos tiene Soraya, campeona olímpica: José Luis y Magali. "Ya uno era latoso, pero con ellas, Dios me ampare", revela su madre.

Casi se vuelve una negativa esa sonrisa en labios de María Dolores Mendívil, que llega al estacionamiento del CDOM y sorpresivamente es abordada por los reporteros antes de iniciar el inquieto juego del obturador. No. No gusta de las entrevistas la madre de Soraya; es a su hija a quien deja la gloria de las declaraciones y la molesta presencia de preguntones periodistas. Prefiere estar lejos de las cámaras.

--No me gustan las entrevistas --replica suavemente la dama, que apaga el motor del automóvil. Pero concede, este mediodía con vientos enrachados y sol escurridizo.

--¿Qué quieren que les diga yo? --cuestiona.

--Cuéntenos, mujer. ¿Qué se siente?, ¿cómo es?, ¿háblenos de ese milagro, regalo, oportunidad, dicha, ensueño que es traer hijos al mundo? nárrenos lo que le ha significado ser mamá. Mamá de campeona olímpica.

Guiña un ojo, chasquea los labios, accede con dulzura. Deberá descender del auto, caminar unos pasos, sentarse a esperar el regreso de Soraya. De todo se trata en esta charla: del aroma de aquella loción de rosas que utilizó los primeros tres años de casada, con el que la recuerda su hijo José Luis; de los consejos a los tres, de la sorpresa al saberse con gemelas en casa; y "de esa ternura inenarrable que es sentir a tu bebé en el pecho, piel con piel, suspiro con suspiro, tenerlo, acariciarlo, y creer como si de tan juntito que está de tí quisiese meterse de nuevo a tu vientre. Qué distinto queremos hombres y mujeres a nuestros hijos: los hombres los defienden como leones, nosotras nos entregamos por completo".

 

El abuelo de Soraya fue mayo de Sonora, exactamente del Rancho en Samicarit. Allá creció Dolores Mendívil, heredando culturas ancestrales. Hasta allá partían ella y su esposo cada cuando a vacacionar, de visita, a chapotear en el río, a montarse juguetonamente en los caballos, a deleitarse, "porque yo sí los disfruté muchísimo", con sus hijos.

--Una vez --cuenta Soraya-- el abuelo nos salvó de morir ahogadas en el río... Y nos enseñaba a montar, a ser guerreras. "Si te tira el caballo", nos decía, "levántate, no llores, y vuelve a intentarlo..." Era hombre de una pieza. Y a mi abuela, ah, cómo la quise...

Doña Dolores Mendívil.

--...Vivíamos en Lomas Verdes y desde muy pequeños yo los llevaba a practicar algún deporte. Con el propio José Luis, que tenía cinco años cuando nacieron Soraya y Magali, nos íbamos a la alberca todos los días. Cuando ellas tenían dos o tres años, allá en el club había un señor que se preocupaba mucho. No perdía de vista a las pequeñas y venía a decirme cuánto le angustiaba ver cómo aguantaban tanto tiempo bajo el agua. Competían para ver quién sacaba primero las monedas que habían arrojado, o cuál podía permanecer más tiempo sumergida. "Y yo señora --me decía aquel viejito--, que nomás digo, 'Dios mío, ¡éstas niñas no salen!'...", pobrecito. Y es que las metí a nadar muy chiquitas: al año y 8 meses. Soraya comenzó a caminar a los 9 meses y Magali a los diez. ¿Se imagina? Y no, no fueron chillonas, acaso porque desde siempre les dije, y es cierto: no soporto a los niños chillones , así que se volvieron tremendas las dos, más que José Luis. Por eso cuando a mí me preguntan por mis hijos, siempre he dicho: ¿mis niños? ¡fueron la roña!... de verdad.

Nunca hicieron grandes aspavientos, ni berrinches de antología, los hermanos Jiménez Mendívil.

--Por eso cuando veo a Soraya llorar me digo: "Esto sí que le está doliendo". Cuando la veo así, me asusto. Yo, si lloraban de chiquitos, los dejaba, no hacía mucha alaharaca para que no se espantasen, pero mi esposo no, él era distinto: apenas se caían y allá iba a recogerlas, a consolarlas, a consentirlas...

 

 

--¡Nos sacamos la lotería, papá!, ¡nos sacamos la lotería! --gritó el pequeño de cinco años cuando mamá regresó del hospital. Euforia infantil incomparable. Porque no vivió de cerca el acontecimiento, José Luis. Las gemelas fueron ochomesinas que sorprendieron a sus padres. A ellos y a Manuel Mendívil, hermano de doña Dolores, competidor y medallista olímpico. Todos, anticipándose al parto, habían dedicado ya varias semanas a acondicionar una de las habitaciones en la casa. Todo de blanco, fue la decisión de la madre embarazada, "porque no sabemos si será niño o niña".

Manuel Mendívil, hermano de doña Dolores, jinete, partió a Ecuador, a competir a un Mundial de equitación. "Cuando se fue ya iba yo a cumplir los ocho meses de embarazo. Esa mañana --5 de agosto, 1977-- llevé a José Luis al karate, luego a la natación y después los dolores, las llamadas, el parto. Veinte días después, a su regreso, llegó Manuel a casa, porque estuvo viviendo un tiempo con nosotros, y al verme preguntó: ¿qué fue?

--Sube --le dije.

Y vio dos moisés.

--¿Pero qué tontería es ésta?... ¡Gemelos!

--"Gemelas".

No subió mucho de peso Dolores, entonces de 24 años, por lo que nunca intuyó una doble sorpresa: Soraya pesó 2 mil 300 gramos, Magali mil 880.

"Y tuvimos que salir corriendo ese día a comprar de rapidito todo doble, ya no blanco. Qué alegría. Antes de salir al hospital pedí que no despertásemos al niño, porque no podía acompañarme, pero se despertó y preguntó ansioso: ¿mamá, puedo ir a traer a mi hermanito?; le dijimos que no pero al regreso miró a sus hermanitas, se puso como loco y le gritaba a su papá: "¡Nos sacamos la lotería, papá!, ¡nos la sacamos!..." Él mismo, años después, confiesa con cierta burla que no sabía lo que decía.

--¿Cuál es el más grande recuerdo de su madre?

Guarda un silencio apenas perceptible, Dolores Mendívil. Posa la mirada sobre el cielo del CDOM, a donde, inicialmente, sólo llevaría unos papeles para su hija y aquí está, declarando viejas y renovadas dosis de ternura, cuentos de arrumacos, anécdotas de chiquillos latosos. Heróicas gestas arriba de la avalancha , "pues me subía con ellos a escondidas de su padre". Recuerda:

--Mi madre me decía: hay que sacar el coraje y nunca darse por vencida. Aprendí muchas cosas de ella, como persona de campo y como ser humano, era muy tierna, mi mamá, no cariñosa. Era seca pero muy tierna. Era... no sé... y así soy yo: como que si estuvieras triste y nadie lo sabe; si estás contento tampoco. Inexpresiva. Como que gozas y sufres para adentro, sólo para tí. Muy intensamente. Así soy yo y a veces. Y no sé si es una virtud o es un defecto, pero te ayuda a ser fuerte, a soportar muchas cosas, a ir sorteando el dolor que se siente, a veces, por el sufrimiento de los hijos. Como cuando Soraya, antes de Sydney, lloró al teléfono, desde allá, desde Bulgaria. Había tenido un mal día y hablamos casi una hora: puro llanto. Y yo tan lejos, ¿qué hago?, me preguntaba a cada instante. ¿Qué?

 

 

Quería ser basquetbolista, pero acabó en las pesas porque su estatura no le favorecía. Empezó a entrenar en los gimnasios ocultándose de sus padres, colecciona relojes, extraña Samicarit, Sonora, pequeña plaza habitada por menos de cien personas, donde nacieron su madre; donde su abuelo don Tomás Mendívil vivió más de 70 años. Acompaña a su madre al mercado, ayuda con las labores de la casa y de vez en cuando se mete a la cocina a elaborar lo que más le gusta, los postres.

Soraya inició en el basquetbol, deporte familiar. Magali y ella lo jugaban juntas con tan buen nivel, que fueron seleccionadas infantiles y juveniles. Pero también practicó badminton y natación antes de incursionar en el levantamiento de pesas: a los 11 años pisó por primera vez un gimnasio, y le gustó. Le agradaba verse al espejo y darse cuenta cómo su cuerpo se iba moldeando como ella quería, además le encantaba verse con el abdomen marcado. A los 14 comenzó a practicar el físicoconstructivismo, más tarde la halterofilia.

"Yo la acompaño a toda competencia que va; siempre me ha gustado platicar con ella, seguirla de cerca, estar en esas largas sesiones previas a los torneos en donde ella se la pasa leyendo, preparándose, pero encerrada en un cuarto casi todo el día. A su hermana le fastidia acompañarla; ya se quiere salir. Y su papá prefiere no ver las competencias. Hace poco tuvo una en la que ya había ganado pero ella seguía pidiendo peso: más y más. No me di cuenta, pero cuando aquello acabó mi marido no estaba en el asiento. Venía de afuera, fumándose un cigarro, y eso que no fuma. "¿Qué pasó, papá, qué no me viste?" preguntó Soraya, y él, con la mano al corazón: "no, me salí. Yo no vuelvo a venir a una competencia de estas; un día me va a dar un infarto...?", y ella: "no, papito, nunca te vuelvo a traer, lo prometo".

Colgó doña Dolores el teléfono y allá, en Bulgaria, quedó Soraya desolada. Rápidamente contó a su esposo, José Luis Jiménez, lo acontecido. "Háblale", sugirió, "pero no le digas que sabes de su llanto". El marcó, la atleta contestó el auricular y, sonriente, le dijo: "La extraño mucho, m'ija, tanto, que podría romper el cochinito e irnos, su amá y yo a verla hasta allá. ¿Compramos el boleto?"

Solucionado: Soraya casi carcajea tras la ocurrencia.

Dolores Mendívil siempre está al lado de su hija. Prefiere abrir bien los ojos cuando coloca la barra sobre sus hombros. "Si algo le pasa, que Dios no lo quiera, deseo estar ahí y saber qué fue, consolarla, ayudarle, y entregarle todo mi amor, mi amor de madre".

* * *

Del Triunfo:

"Cuando se obtiene hay que saber mantenerse sin perder el piso".

De la derrota:

"Hay que aprender de ella para superar lo que se hizo mal y convertirla en posterior victoria"

Del amor:

"En esta etapa de su vida prefiero tener sólo amigos, sin ningún compromiso".

De la vida:

"Procuro vivir intensamente el momento, sin hacer muchos planes a futuro".

Del miedo:

"Al fracaso"

De la oscuridad:

"Me gusta; la soledad que da"

De la muerte:

"Es un descanso eterno".

Le disgusta:

"Que muchos mexicanos no tengan la misma calidad de vida, sobre todo los niños de la calle drogándose, sin tener qué comer".

Supersticiones, fobias:

"No. Bueno... Antes de cada competencia me persigno y procuro no estrenar nada ese día".

¿Prisa?:

"Me encanta la velocidad; con precaución cuando no voy acompañada".

Colecciones:

"Relojes de todo tipo: de pulsera, 150, de pared cerca de 50 y de escritorio casi 40".

 

* * *

 

Winnipeg, 1999. Juegos Panamericanos.

(Canadá 3° lugar: 190 kilogramos. Su mejor marca).

--Para los Panamericanos gané bronce. Pero pienso que me robaron la de plata; hubo un error de apreciación: un juez canadiense dio el levantamiento malo, pero él nunca tuvo el valor, o no sé, de decir en la mesa de jueces que se había equivocado y que el levantamiento era bueno. Me dijo: "Estamos en casa y no lo puedo decir". Bueno gracias, para mí el trabajo que había hecho, se me había caído. Pensé: "ya nos veremos en otras competencias". Esa vez ganó la canadiense Maryse Turcotte. Afortunadamente un año después la vencí por diferencia de 10, 15 kilos, en la Copa Norceca. Me preparé duro, muy duro, y desde esa competencia me prometí vencerla. Trabajé desde que me dijeron que ya estaba nuestro deporte en los Juegos Olímpicos. Me dije: "Esto es lo que yo quiero"; y adelante.

 

* * *

 

Bulgaria.

Gana oro y respeto Soraya en Bulgaria... Soraya Jiménez se recupera de una intervención quirúrgica en Bulgaria ... No fue necesario el uso de la silla de ruedas. Desde Bulgaria, Soraya Jiménez confirma que la operación fue un éxito y que su recuperación marcha... Soraya Jiménez viajará a principios de la próxima semana a Bulgaria acompañada por su entrenador Gheorgui Koev, quien considera... Soraya Jiménez en este año alcanzó 205 durante su campamento en Bulgaria... Los pocos que la conocen no niegan que a Soraya la han aplaudido más en Bulgaria, país que incluso le ofreció naturalizarse, que en México...Soraya realiza un campamento en Bulgaria y compitió con el equipo local en un dual meet... La campeona olímpica de halterofilia viajó rumbo a

Kitten, Bulgaria, donde realizará una concentración de cuatro meses...

--Un entrenador búlgaro llegó a México en el 98 y yo comencé gracias a esto, a hacer concentraciones en Bulgaria, viajé por Europa casi todo este año; estuve viviendo en Sofía, estuve en Sosopol, cerca del Mar Negro. Muy bonito. Son experiencias muy bonitas, muy padres. Afortunadamente he tenido tiempo de conocer; quizá no lo que yo quisiera, pero sí conocer el país donde estoy, un poco su cultura... Y se da uno cuenta de que en México y en muchos países estamos increíblemente bien. Y qué bueno: México es un país hermoso, a pesar de lo que digan muchos; a pesar de la contaminación, de la inseguridad y la pobreza. He conocido países muy bonitos con una cultura muy padre, también.Uno de ellos, quizás es el sitio que más me gusta, es Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. A mi me encantó la naturaleza. Y hay un punto en el que te dicen: "Este es el Pacífico y éste el Atlántico: Y tú, en el medio de ambos, separados apenas por una porción pequeñísima de tierra".

(A veces se llega a sentir soledad, llegan momentos en que, sobre todo con el cansancio y la presión, sí, te dan ganas de claudicar, pero siempre tuve apoyo de esa gente, la de Bulgaria, mis amigos, mi fisiatra, la familia de mi fisiatra, nunca tuve la necesidad de decir: ya me voy ya no aguanto, estoy muy sola, para nada.)

--Nunca se encontró con eso que les pasa a los atletas; que alguien, alguna vez, dijera: "A qué vas a los Juegos Olímpicos. ¡Vas a perder!"

--...Nunca. Nunca me pasó; de hecho, la gente que estuvo conmigo, cuando viví en Bulgaria estuvieron en contacto. Me hablaban amigos con los que yo empecé en el gimnasio, o en el club; "échale ganas, sabemos que puedes, no te presiones", me animaron, siempre recibí el apoyo de todos.

Bulgaria.

--Estoy agradecida con ese país que me recibe siempre con los brazos abiertos y como si estuviera en mi propia casa.

 

* * *

 

Ya. Sydney. 18 de septiembre. Auditorio pleno de escándalo y algarabía.

(Tiene destinatario el par de besos que anteceden a cada levantamiento: Tomás Mendívil, el querido abuelo, recientemente muerto. Hasta lo alto de su pequeño cuerpo eleva Soraya Jiménez un peso total de 222.5 kilogramos, se impone a la coreana Hui Ri Song y a la tailandesa Kasharaporn Suta y se convierte en la primera competidora mexicana que conquista una medalla de oro olímpica)

De espaldas a la barra contiene el aliento. Piensa en él, en el abuelo. En sus humildes manos de labriego, en sus consejos.

Resopla ante auditorio casi lleno.

Callan ahora las que toda la noche ruidosas voces fueron.

Se juega todo en un solo movimiento: el de la medalla de oro.

No piensa en esto: nunca antes una mujer mexicana ha tenido la posibilidad de escalar la parte más alta del podio; han pasado 32 años desde que la esgrimista Pilar Roldán, ganó plata. Han pasado las épocas en que las pesistas competían contra los hombres.

Hoy es deporte olímpico. Y ella, una de sus mejores exponentes.

Y el Himno...

El Himno mexicano no se escucha en una justa de este tipo desde 1984, cuando Raúl González cruzó la meta en el estadio de Los Angeles.

Quedan atrás aplausos, porras, y los levantamientos que durante más de dos horas ha tenido que enfrentar. Trastabilleó en un par de ellos, pero nunca titubeó. Acomodaba la barra, daba un paso al frente, terminaba en diagonal, pero en cada ocasión esperaba hasta el sonido de los jueces y estallaba la euforia, la sensación de bienestar.

--Jamás me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Me dicen que la coreana perdió en su segundo intento la oportunidad de levantar el peso porque se pasó de tiempo, pero allá adentro nada supe. Era parte de la estrategia de mi entrenador; "tú dedícate a tu competencia".

Y competir se dedica Soraya. Allí va... El envión es perfecto. La mancuerna de 127,5 kilos ya está a la altura de los muslos, con las piernas flexionadas. La pausa es de tres segundos. Se concentra Soraya, busca el equilibrio exacto. Porque sigue el momento de la verdad: el arranque. Y de repente inhala poderosamente. Se tensan los brazos, las manos son un par de garras sobre el tubo. Ya. Es un solo movimiento. Vertiginoso, pero parece transcurrir una eternidad. Va hacia arriba el peso, hacia lo más alto del pequeño cuerpo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Ya se vencen los 10 segundos de rigor. Ya se libera Soraya del peso. Ya festeja. Porque ya ha hecho historia: ya es campeona olímpica.

Y entonces el júbilo se vuelve un alarido...

Todo, en el Centro de Convenciones de Sydney, en Darling Harbour, se vuelve tricolor. Se agitan las banderas, se escuchan las porras interminables. Una tras otra...

Suenan ahora las que por un momento calladas voces fueron.

El momento es histórico: por primera vez en la larga vida de

las olimpiadas, el levantamiento de pesas ha sido abierto a las mujeres, y ha querido el destino que la primera campeona en la categoría de los 58 kilos sea una mexicana.

--Es a mi abuelo don Tomás, a quien debo tantas cosas. El me enseñó a montar; él nos salvó un día, cuando Magali y yo éramos niñas, de morir ahogadas en un río. Me enseñó, con su humildad, la tenacidad que se debe tener. Sus consejos me hacían sentir tan bien. Porque en los inicios, por ser éste un deporte de hombres, todo el mundo me criticaba. "Si el caballo te tira, súbete otra vez", siempre me aconsejó.

Escenas que culminan; escenas que se suceden esta tarde. Estas escenas:

Dos besos, como cuando don Tomás llamaba a los caballos. Dos, tras persignarse, son la señal de que está a punto de empezar. Dos, así lo acostumbra desde los días de rancho. Así se lo enseño él.

De esta manera lo evoca. En el amoroso ritual radica parte de la fuerza. Fue el 9 de febrero de 1999. Murió don Tomás, viejo labriego, dejando como herencia esa, su tenacidad. No lo supo Soraya de inmediato, estaba en Grecia, participaría en la Copa Thesalonkini, que iniciaba al día siguiente. Fue al regresar a México que se enteró.

--...Por eso le dedico esta medalla. Porque la última vez que hablé con él, cómo lo recuerdo, me dio su bendición. Por eso son para ellos, pues mi abuela murió un año antes, todos los triunfos que consigo y que conseguiré de ahora en adelante.

Tiene el oro en sus manos.

Se escucha el himno. Se canta a muchas voces. Estremece, hace temblar, tener escalofríos. Muchas lágrimas no dejan de brotar.

Ya la acosan reporteros, organizadores la han llevado al antidoping. Suena el teléfono celular en manos de su madre. Y que ironía: ella y Soraya no se han visto de cerca, no todavía. No ha sido posible.

--Por recomendación de mi entrenador -el búlgaro Georgui Koev Zdraukou--, evitamos todo contacto, y me urge ver a mi familia -dice Soraya.

Por el auricular, desde México hasta Sydney, llama don José Luis. Dice su esposa:

--¿Ya viste?, ¿qué se siente?... Yo, una felicidad indescriptible.

* * *

Ha tenido la coreana Hui Ri Song un error que la despoja del escaño que da más alegría en el podio. Siempre adelante, falla, en su segundo intento, en la modalidad de envión, cuando va por los 127.5 kilogramos.

Actualmente la federación internacional admite dos modalidades: arranque y envión. En una competencia se realizan en este orden y para cada una se tienen tres intentos.

Esta coreana de 53 kilogramos de peso, Ri Song Hui, parece un pequeño montacargas. Nada la hace titubear. Los músculos se ensanchan. Y también la favorita: en Osaka impuso el récord mundial con 131.5 kilogramos, aunque apenas llegue a los 53.90, lo que la convierte en la más liviana de las 17 competidoras.

Y es tal su confianza, o el error de sus entrenadores, que en el segundo levantamiento del envión, no logran acordar sobre cuántos kilos más colocar en la barra.

-¡125! -grita uno de ellos, en el vestidor, sin darse cuenta de que los dos minutos de descanso se terminan.

-¡No, que sean 122.5! -contradice otro de sus asistentes y pide a los jueces la modificación. No calculan. Se confunden. Y Ri Song Hui utiliza sus 30 últimos segundos. Se acerca a la pesa, quedan doce. Encadena los dedos, sólo ocho.Siete, seis, cinco....

Sus entrenadores discuten en voz baja.

Se va el tiempo. Se va la segunda oportunidad.

Soraya, quien acaba de levantar 122.5 y se ha colocado a menos de dos puntos de Ri Song Hui, tiene entonces más franca posibilidad de ser la ganadora. Sus números finales: 97.5, 122.5, total: 220.0

Atrás ha quedado la tailandesa Khassaraporn Suta. 92.5, 117.5, total: 210.0.

* * *

Don Tomás conocía la fortaleza deportiva de su familia. Veinte años antes dedicó igual estímulo a Manuel Mendívil Yocupicio -tío de Soraya-- quien, como integrante del equipo de salto ecuestre, obtuvo medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Moscú 80.

-¿Qué tan importante ha sido el apoyo de las autoridades mexicanas?

--Mucho, porque sin ese apoyo no hubiese podido estar tantos meses entrenando en Bulgaria. Y no nada más allá, sino en Europa y otros países. Y con el resultado se responde a tanto trabajo, a tanto esfuerzo, tanto tiempo fuera de casa.

Dos movimientos muy dramáticos, en arranque y envión, tuvo.

--Fueron instantes muy importantes. Sabía que no debía dejar caer ese peso.Que era necesario, para poder ganar. Luché por sacarlo, evocando al abuelo, a mi familia. Y sí, ya lo había manejado en entrenamientos, pero en competencia es otra cosa. Afortunadamente lo aguanté, a pesar de que lo sentí muy pesado.

--Tuvo inmediata visita al antidoping

--No tengo miedo. Ya me han hecho diez controles, y no sólo en México, sino en el extranjero. Considero que no hay ningún problema y siempre estoy dispuesta a hacerlo todo transparente.

--¿Tiene una idea real de la magnitud de lo que acaba de realizar? ¿Imagina cómo será el futuro a partir de esta noche?

--Pues, la verdad, todavía no. Le comentaba yo a Felipe Muñoz: no he pensado nada hacia el futuro. Es extraño, pero tienes que meterte tanto en tu competencia, en tus posibilidades de ser cada vez mejor, que no te das lugar para imaginar qué es lo que vendrá.

--Don Tomás...

--Fue una persona a la que quise mucho, y falleció durante mi preparación. Una persona que siempre estuvo muy cerca de mi y, bueno, alguien que, antes de partir yo a Grecia, cuando ya él estaba muy mal, me fue imposible visitar. Estaba en Sonora. Entonces le prometí una medalla, le dije: "A partir de hoy todo lo que haga será pensando en ti". Porque fue alguien que me quiso mucho, mucho, mucho. Y más que nada en este mundo, lo que recuerdo es su humildad. A esa es a la que debo todo.

Camina Soraya hacia la calle arropada por el griterío hecho euforia.

Son la sala, los pasillos, los recovecos del Convention Centre, el sitio ideal para verter en gritos, porras, llanto, ese puñado de emociones.

* * *

(Lo revela una entrañable amiga: Desde que ganó no he dejado de derramar mil lágrimas, porque sé que detrás de esa medalla hay mucho dolor, sacrificio y ahora, satisfacción y éxito. Ella es mi amiga del alma, conozco muy bien a su familia y desde que se fue de México hablamos todos los días; es más, me llama como a eso de las cuatro de la mañana en México para despertarme y contarme cómo le ha ido; no ha fallado un solo telefonazo desde hace tres meses, dice que ya esta muy cansada de todos los medios y de no poder tener un rato de paz con su familia, y eso que todavía no llega a México, en donde hay una verdadera Revolución. Sobre lo de su papá, el señor no viajo a Sydney porque decía que le daba el infarto, así es que se quedó en casa con el hermano de Soraya, y a mil insistencias de José Luis lo convenció para que bajara a ver la competencia, y sí, gracias a Dios la transmitieron en vivo, el señor le echo mil porras a su hija y lo muestran varias imágenes de televisión, ya que fueron a filmar a su casa. Espero que eso aclare un poquito tus dudas. Suerte y échale ganas. No dejes de escribir. Claudia.)

* * *

Siempre me gustó el deporte. Desde chiquita. A los dos años aprendimos a nadar y siempre nos la pasamos haciendo algo. Nos comenzaron a llamar a la selección infantil y juvenil de basquetbol y ahí fue en donde me mandaron a mí al gimnasio: "sabes qué, por tu estatura, eres chica, pero necesitamos que fortalezcas para que no te peguen tanto". Era core y ala.

Y pues sí, me fui, me metí al gimnasio a los once años, con el entrenador Ignacio Fuentes. Estuve trabajando y trabajando y trabajando y me salí del basquetbol y me quedé levantando pesas. Me gustaba hacer el ejercicio, el sentir quizás los músculos cansarse, o quizás el dolor que siente el músculo al estarle dando al trabajo. Eso me gustó. Ignacio Fuentes me dijo: "¿No te gustaría hacer un poco levantamientos olímpicos?. Tal vez meterte ya a alguna competencia?". "Pues no sé. No lo conozco".

Y realmente yo no conocía este deporte. Bien, me dije.Vamos a probar, y me comenzó a meter a ejercicios, ejercicios y ejercicios hasta que me dijo: "Hay una competencia nacional juvenil, ¿te interesa?  Y yo, de trece años, catorce cuando más: "Sí". Entrenaba en un club privado, en Ciudad Satélite. Nos fuimos a probar y quedé en segundo lugar, Y luego vino una competencia en la que quedé en primero. Y me empezó a gustar. Y me puse a darle y a darle y ya en el 94 fue mi primer evento internacional.

Lo bueno fue que mis paderes me apoyaron. Siempre me apoyaron mucho. Mis amigos estaban en el mismo club, practicando esto, y siempre nos preguntamos qué futuro tendría todo lo que hacíamos. Elllos me decían "no sé", yo les decía "tampoco sé", pero nos gusta. Además yo era la bebé del gimnasio. Yo trece y la mayoría 15, 16 y conforme fuimos creciendo juntos me cuestionaban: "¿De verdad te gusta?" Y yo: "Sí, sí me gusta". Hasta que fui a la primera competencia internacional.

Me enteré por parte de la federación internacional, que había la Copa Norceca, y fuimos a solicitar a la federación a ver si nos pagaban algo. Nos dijeron que no. No nos iban a pagar nada. Ya iba equipo completo de hombres, y que, bueno, pues me daban el aval y todo, pero que consiguiera patrocinio. Yo hablé con mi papá y me dijo: "Yo te lo pago, vamos".

Y como era menor de edad, tenía que ir acompañada de un adulto. Él me acompañó. Y me fue muy bien, porque era internacional de mayores y agarré tercer lugar. Viví una emoción muy fuerte, el estar ahí, el querer estar a ahí, el conocer a la gente con la que iba a competir. Todo era algo muy padre.

Fue en Colorado Springs y cuando comencé a entrenar en la zona me decía: "Bueno, voy a competir aquí". Y respiraba profundamente y me imaginaba lo que sería. Había en ese tiempo una campeona del mundo y sentía mucha emoción el poder estar con ellas y quizás hasta darles competencia. Y cuando me sentí en el podio... realizada: "Esto es lo mío, esto me gusta". Y ahí fue cuando me dije: "Me voy a trazar esta meta, vamos a seguir".

La escuela la llevaba al parejo. Mi papá insistió: "La escuela no me la dejas". Y pues no podía. Terminé la prepa y entré al Comité Olímpico. Y empezaron las giras y las giras, me metí a la universidad y estuve dos semestres, casi tres semestres y era la locura. O te decides o... Me llamaba la atención lo forense. El derecho forense. Junto con el forense van investigando el porqué la muerte, si se tiene que hacer algún tipo de juicio. Se tiene que ir compaginado con la criminología.

O te decides o...

--Dónde quedan, para un deportista, esos gustos de la juventud y las diversiones propias, un poco el amor, todo eso. Una vida a cambio de qué...

--Si ha sido una vida intensa. Y hay cosas que he tenido que relegar. Pero sí quería esta meta tenía que dejar atrás las diversiones normales de mi edad: salir con mis amigos, con mi hermana a veces salía y otras les decía: "Ya me voy, síganse divirtiendo". No soy mucho de fiestas. Me gusta el cine tanto que todos los días podría ir al cine; ¡ah!, y un buen café con mis amigas. "Yo las alcanzo al terminar el enrenamiento" les decía en ocasiones. Pero luego les tenía que cancelar: "No puedo no, no puedo". Pero todo esto vale la pena. La recompensa es la medalla. Puedo disfrutar de todo eso más adelante, y bueno, un campeonato olímpico no se vive todos los días. Tengo mucho tiempo por delante.

Inmortal. ¿Usted sabe que ya es inmortal?..

Soraya cierra los ojos con modestia. Se vuelve tímida la voz:

--Sí.

--Y usted alguna vez se ha puesto a pensar lo que significa eso. Ya va a aparecer en la historia de la humanidad. Su nombre ahí va a estar. ¿Qué le evoca?

--Es algo muy importante, aunque es una responsabilidad muy muy grande y que pienso llevar muy bien, con los pies en la tierra. Y los errores que hubo, corregirlos. Ahorita ya: a darle muy fuerte. Como dicen: es difícil llegar pero más aún mantenerse. Ahora el rival a vencer soy yo. Me tengo que preparar muy fuerte.

--Qué es ganar una medalla. Cómo se vive.

--Es una emoción muy fuerte, sobre todo al ver el escenario y pensar que está uno muy lejos de su casa, de su papis, y aún así tienes a muchísima gente en ese escenario; gente que te apoya. Yo no sé de dónde llegaron pero ese día había muchísimos mexicanos, vaya, yo salí a la presentación y no vi a tantos. Pero cuando hice mi primer levantamiento yo escuchaba las porras y volteaba a las gradas y veía banderas de México por todos lados. Y entonces decía: es muy bonito, es muy especial el estar tan lejos y que sea uno apoyado así. Y ya uno estando en el podio y cantar el Himno Nacional y ver la bandera y el escuchar a tu gente cantándolo... yo creo que había alrededor de 100, 200 mexicanos. No sé de donde salieron tantos, porque yo nada más traje a cinco, pero fue increíble de verdad.

--Qué pasa con su vida, sigue siendo la misma, ¿ya cambió?

--Como persona sigo siendo la misma. Obviamente todo esto tiene que cambiar un poco, no se puede ser igual porque todo el mundo ya me conoce. Salgo a la calle a caminar por mi familia y es muy bonito que te paren y te digan: "Oye, una foto...¡felicidades!, fírmame aquí".

Habla de técnica Soraya, cuando se le cuestiona: qué es más difícil. Cuál de los dos movimientos le ha costado más trabajo.

--El arranque. Ese siempre ha sido como mi Talón de Aquiles, por eso mismo cuando terminé la competencia de arranque sabía que lo había hecho muy bien.Había logrado mis tres levantamientos de arranque, y ya en envión sabía que el peso que me pongan, yo me meto. Pensaba que en arranque me tenía que ir muy bien. Yo estaba más preocupada en el arranque que en el envión. También trabajé muy fuerte pero sí, siempre he tenido problemitas con el arranque: es un poco más difícil: el agarre es más amplio, el trayecto como tiene que ser la barra es un poco más difícil. Y entones sí había veces que en la misma competencia me preocupaba y sacaba la cabeza o movía la cabeza o no estiraba, en fin.Cuando en el envión tiene uno más posibilidades de acomodarse, ¿no? Pero me fue muy bien, por fortuna, en el arranque. De hecho son dos pruebas en una.

--Y qué otro deporte le gusta a la campeona.

-El basquetbol. Pero mi entrenador me lo tiene prohibido. Quisiera practicarlo un ratito.

--Por las lesiones.

--Dónde está la verdadera fuerza, ¿es mental, es física, es espiritual, la que las lleva a lograr estas hazañas?

--Es una combinación. Porque como dice muchas veces mi entrenador: antes que nada se tiene que levantar con la cabeza. No puedes llegar así nada más y hacerlo. Si uno hay que pensarlo y mentalizarse para eso, y obviamente prepararse físicamente, pero casi el 50 y el 50; se levanta física y mentalmente.

--Y el espíritu, ¿qué parte juega?

--Ese también entra, dentro de lo mental. No puede quedar fuera.

--Hay un momento en el que se siente que flaquea. Que flaquean las piernas, el espíritu, qué es...

--Bueno, a veces sí llega a flaquear ya lo físico, de que, por mucha fuerza mental que uno le dé, pues sí, obviamente todos llegamos a un límite y llega a vencer lo físico. Pero si la mente sigue fuerte, no hay problema. Se puede lograr

--¿Y en esta gran competición, Sydney, sintió en algún momento la flaqueza?

--No, la verdad, nunca. Y me sentía muy bien en la competencia, bastante bien: metida. Tanto así que yo no me enteraba de lo que estaban haciendo. Nada de lo que hacían en la tarima. De hecho supe que la coreana había perdido un levantamiento, cuando ya estábamos esperando la premiación y cuando empezaron a decir que había una protesta de parte de Corea.

--¿Es concentración?

--Sí, eso es concentración. Y bueno, mi entrenador y yo estamos felices de haber podido lograr ese grado de concentración.

--¿De dónde viene esa concentración, de los largos años de entrenamiento, de un don que Dios le concedió, de dónde...?

--Bueno, es la preparación, también. Que se va llevando con condición física, también la sicológica. Y es que sabemos que en este tipo de competencias el que tiene mayor preparación sicológica es el que puede llegar a hacer más cosas.Porque a veces aunque uno esté muy fuerte, si se cae uno en la competencia sicológicamente, no puede hacer nada. Mi entrenador me decía desde un principio, "gorda hay que hacer cinco levantamientos. Con menos no podemos lograr nada". Y yo me acuerdo que le contesté ¿y por qué no los seis? Bueno, aunque hagas cinco. Y afortunadamente salieron los seis levantamientos. Pero repito: fue la concentración que teníamos. Mi entrenador se quedó a hacer la táctica y yo me dediqué al calentamiento.

--Cuál es la táctica.

--Bueno, pues hay que estar al pendiente de todos los movimientos en la tabla, siguiendo a las competidoras más fuertes. Como él dice, la coreana se confió demasiado. Al momento que terminó el arranque se confió mucho y dijo: "ya no hago más levantamientos. Ni uno más". Hizo dos y regaló uno. Allí ella me pudo haber sacado una diferencia mucho más grande de la que ya tenía. Y ahí el entrenador mentalmente empezó a hacer movimientos. Y a empezar a cuidar con qué peso iba a ir la coreana. Ella se sentía con la medalla segura. Es una competidora muy fuerte, pero desconocemos qué es lo que pasó. No sabemos si fue exceso de confianza, o al momento en que hice el 122 y ella perdió el suyo dijo: bueno, pues ya, ella no puede con 127 y yo repito el levantamiento. Porque ella tenía oportunidad . No hizo el 122 pero subir a 127 o a 125, o sea, para sacarme más ventaja.

---Cuanto era la ventaja, en ese momento.

--Dos kilos y medio, nada más. Por eso al momento en que yo me subí a 127 no me servía de nada hacer 125. Me dijo el entrenador: "127, quieres o no quieres. Piénsalo bien, esta oportunidad se presenta una vez en la vida. Si lo haces eres campeona olímpica. Si no... dime ¿qué peso ponemos?". "No no no", le contesté. "Hay que arriesgar, vamos por todo. Hay que hacerlo y sé que puedo". Me sentía yo muy bien. Paso la coreana y terminó su competencia. Al momento en que yo pasé e hice el levantamiento, pues, ya lo sabía: tenía la medalla.

--¿Tenía para hacer más?

--Sí, habíamos trabajado para levantar más. Pero tampoco íbamos a arriesgar. Alguna vez en Bulgaria logré los 130 en entrenamiento.

--¿Qué sigue?, Soraya.

--...La vida.

El 18 de septiembre de 2000 habló ante un auditorio de periodistas, luego de ganar la medalla de oro, de estremecer al país; de enloquecer a un centenar de compatriotas que ondeaba banderas y gritaba ante cada uno de sus levantamientos. Le preguntaron:

--¿Sabe usted la trascendencia de lo que acaba de realizar?

--No. No me he detenido a pensar...

Lo hará, porque la euforia inicia y su ingreso a la inmortalidad histórica, a la gloria deportiva, llena de amor, y de ilusiones, a una nación entera.

Como heroína olímpica, su ejemplo persistirá por toda la eternidad.



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